¿Qué hizo el perro cuando se asomó al puente y vio su reflejo en las aguas que corrían plácidamente?
Pues pensó que se trataba de otro perro, y que era otro el hueso que llevaba en la boca, y ladró para asustarle y apoderarse del suculento manjar, y al ladrar su propio hueso cayó irremediablemente, y para siempre, al fondo del río.
Seguro que el perro pensó que ese otro perro maldito le había ganado la batalla, y que su estupidez había permitido que su rival estuviera ahora beneficiándose satisfecho de su botín.
Qué paradoja, ¿no?
Hay quien crea una realidad con la intención de sacar beneficio de ella y, finalmente, su propia creación termina superándole en desigual batalla. Pienso en los músicos cuyas canciones adquieren tal significado para generaciones sucesivas que ellos se confiesan incapaces de controlarlas, en los escritores que son superados por sus personajes en premios, en admiración y en cualidades morales, en los políticos que pierden la cabeza devastados por la maquinaria que ellos mismos desarrollaron.
Pienso que la mejor manera de no perder es, sencillamente, no jugar.
Pero sigo tirando los dados.
lunes, 20 de junio de 2005