miércoles, 29 de junio de 2005

Póngase al final de la cola

- No es su turno - le dijeron al tipo. - Póngase al final de la cola.
Y allí se puso, observándole la espalda al señor que se encontraba delante, echándole el aliento en la nuca, animándole a avanzar pisando las cabezas, si hiciera falta, del resto de los que completaban una cola que parecía extenderse hasta un punto, allá en el infinito, donde se imaginaba, más que se observaba, el mostrador.
Y pasaron minutos interminables, horas que fueron milenios, eras geológicas. Y el mostrador seguía perdiéndose en el horizonte. Pero ahora la cola ya no terminaba en el tipo, sino que se extendía hacia atrás, con millones de caras, todas iguales, lánguidas, grises y aburridas.
Y el tiempo seguía pasando.
Y la cola seguía estancada.