Iba a escribir algo sobre alguien, ficticio por supuesto, que saltó desde un avión y sobrevivió. Me refiero a saltar desde un avión en marcha, claro, y nada de paracaídas ni objetos amortiguadores de la caída, sino a pecho descubierto.
Sí, ya sé, era una de esas historias de escasa enjundia y nula originalidad, de hecho creo que ya me encontré con algo parecido en una de mis lecturas de juventud, algo escrito por alguien que seguramente consideraba el hecho más interesante de lo que yo lo hago.
En fin, que no. No pienso escribir sobre eso, pues aunque el desenlace de mi frustada historia no tenga nada que ver con el del libro se trataría de una especie de plagio inconsciente, moral, no físico.
Así que lo dejaremos para otra ocasión.
Por cierto, en mi historia el tipo que había saltado del avión en marcha aterrizaba vivo, en efecto, después de 8.000 metros de caída libre. Sin embargo, miren qué casualidad, posaba sus pies sobre los cristales rotos de una botella de cerveza y se hacía, realmente, mucho daño.
Funesto destino, el de mi pobre personaje. Menos mal que no le he dado vida.
Creo que el libro que leí hace ya tanto tiempo tenía un desenlace diferente.
jueves, 7 de julio de 2005