El día que comenzó a soplar el viento nadie creyó que fuera a ser para tanto. Algún árbol volcado, algún poste de la luz, nada que un eficiente servicio municipal no pudiera reparar. Los tejados más frágiles se divertían volando de un sitio a otro, sustituyendo a las bandadas de golondrinas que habían decidido esperar a que el temporal amainase.
De eso hace ya demasiado tiempo. Cuando las primeras casas empezaron a ser arrancadas de cuajo surgieron los primeros gritos de pánico, de gente que comprendía en aquel mismo instante que sus vidas iban forzosamente a sufrir un desagradable giro. Cuando el huracán se convirtió en el pan nuestro de cada día hubo que añadirlo a una rutina que nunca sería como antes. Ya que la arena se introducía, grano a grano, en los ojos, hubo que aprender a caminar a ciegas, ya que la superficie era impracticable, hubo que urbanizar el subsuelo, ya que Eolo había decidido tiranizar sus territorios, la única solución fue bajar a pedir asilo a los dominios de Hades.
Apostaría lo que fuera a que las golondrinas, todas, están ya muertas.
martes, 30 de agosto de 2005