viernes, 12 de agosto de 2005

Míralas crepitar

El fuego debe de ser mágico, luces de colores que producen calor y desaparecen en el aire, desvanecidas...
Hubiera dado la vida por controlar el fuego, ya desde pequeño, cuando, en las frías noches de invierno, sus padres le acercaban a la chimenea y él quedaba hipnotizando, viajando por lugares lejanos que se reflejaban en sus ojos y que se perdían en aquella ventanita luminosa a medida que los gruesos troncos terminaban por sucumbir ante el poder incontrolable de las llamas.
Hubiera querido poseer una llama perenne, una cerilla inconsumible, un sol en su dormitorio. El papel ardía dócil, como una doncella que reclama el socorro de su caballero, mientras el plástico se retorcía rebelde y clamaba justicia. Luces, olores, sensaciones... observar el fuego era asistir a la representación teatral de la vida en su más cruda verdad.
Cuando todo hubo ardido, sólo le quedó prenderse fuego a sí mismo. Allí, abajo, sus pies también se consumían como la materia inerte. Las piernas comenzaban a dolerle, y él las miraba crepitar.
Nada le importaba. Era tan bonito...