miércoles, 24 de agosto de 2005

"No te comas las uñas"

Ya me lo decía mi madre: "No te comas las uñas". Y yo, ni caso.
Llevo todo el verano sentándome, por las tardes, en un jardincito que construí en la parte trasera de mi casa. Es un lugar acogedor, un locus amoenus en el que deleitarme con unos minutos de lectura y alejarme del sofocante calor del exterior. Mientras leo, me como las uñas, una fea costumbre que no he podido (ni querido) mitigar en toda mi vida. Las muerdo, las mastico y las escupo como hacían los piratas con su tabaco. No hay nadie a mi alrededor, así que tampoco lo considero un gesto descortés o inapropiado.
Tras dos meses de lecturas y meditaciones en mi florido pensil, comencé a notar como surgían, entre el césped y las flores que lo adornan, un tipo de vegetación que hasta entonces me resultaba desconocida. No tardé mucho en comprobar que se trataba de uñas.
¿Uñas creciendo en mi jardín, como vulgares semillas vegetales?
Me picó la curiosidad y me dejé llevar por ella, lo cual ahora lamento. Observaba las uñas cada tarde, su lento proceso de crecimiento, y e incluso me sorprendí a mí mismo utlizando la regadera para mantener la tierra húmeda y nutritiva.
Mi alarma se desató cuando brotaron, tras la uñas, como tallos sustentadores, pequeños deditos de frágil apariencia. Entonces me decidí a acabar con el problema de raíz, pero cortar un dedo es una acción repugnante, imagínenselos crujiendo y sangrando, y por más que lo intenté me resultó imposible. Así que me resigné a dejarlos crecer.
Ahora comienzo a asustarme. De los dedos surgieron manos, decenas de manos que brotan de la tierra de mi jardín y lo pueblan como setas tras una noche de lluvia. Y en la base de las manos más creciditas comienzan a distinguirse, indudables, unos brazos que parecen querer agarrarme y llevarme consigo.