viernes, 5 de agosto de 2005

Penélope, el arácnido tejedor

Comenzaron siendo un grupo de ilustrados que se reunía algunas tardes detrás de unas tazas de café y un par de cigarrillos. Hablaban poco del tiempo y menos aún de sus familias, pues sus conversaciones pretendían arreglar el mundo en la convicción de que ellos mismos, como individuos, ya no tenían arreglo.
Y el mundo era fácil de arreglar, más fácil de lo que ellos pensaban. Cada tarde quedaban menos flecos sueltos, y el todo comenzó a encajar como las piezas en un puzzle.
Llegó el día en el que el mundo estuvo arreglado. El grupo de ilustrados había sobrepasado el millar de componentes, sus reuniones se habían hecho más frecuentes y su misión había ya sido cumplida.
La primera cita, una vez arreglado el mundo, fue de felicitaciones y parabienes por el trabajo bien realizado. Imperaba la felicidad en cada rincón, en cada hogar, en cada corazón. La segunda cita sumió a sus participanes en el tedio absoluto. Una vez cumplido el objetivo, no había nada más que decirse.
En la tercera reunión después del día D decidieron comenzar a deshacer el mundo, garantizando de este modo distracciones durante los años que tardaran en destruirlo totalmente, y, quizás, pensando en una próxima reconstrucción.
Nadie se percató de que no eran movidos por los ideales, sino por el aburrimiento, como una partícula de polvo arrastrada por un huracán.