Camino por una ciudad de color gris. Grises son los enormes bloques de piedra que juegan a construir edificios, de un gris estremecedor es la cortina que cubre el cielo y que refleja destellos cenicientos sobre el río y hace que sus aguas parezcan bañadas en plata.
Todo es tan gris que el conjunto se difumina y se contrae como un óleo expresionista, provocándome un ataque de minimalismo. Crecen ante mí, entonces, pequeños detalles como los helechos que pueblan las esquinas tuberculosas de humedad, como el diminuto bigote del enorme conductor de autobuses, como el tipo aquel que decidió suicidarse a mi paso (no podía haberlo hecho un poco más tarde) agarrando sin guantes un cableteado de alta tensión, como la cámara oscura (tan oscura que era negra) en la que se proyectaban imágenes terroríficas de la Antártida, terroríficas por su placidez y porque me recordaban a esas películas japonesas que tantas horas de sueño me han robado en los últimos meses.
La gente, no obstante, no es gris. La gente es multicolor, aunque parezca un milagro. Todo parece lleno de vida, y las cabezas de los sujetos son cuadradas, cubistas como las de los personajes de Basil Rakoczi. Y las piedras de los edificios hablan de historia, y lo hacen en una jerga incomprensible que tanto parece vikinga como élfica aunque no me cabe duda alguna de que dicen cosas muy, muy interesantes.
lunes, 1 de agosto de 2005