jueves, 29 de septiembre de 2005

Preguntas y respuestas

"El día que deje de hacerme preguntas sabré que habré tocado techo, que habré explotado definitivamente todas mis potencialidades como persona, que ya no tengo posibilidades de ir más allá, y por tanto la única opción de que coherentemente dispondré será la de mantenerme el tiempo que pueda, evitar que la desilusión se apodere de mí y esperar, con tranquilidad y fingida aceptación, la hora de mi muerte".
"Quien pregunta es ignorante, pero pronto dejará de serlo; quien no pregunta, permanecerá ignorante toda su vida".
"Una pregunta es como un arma cargada, capaz de volarte los sesos a base de inquietudes, desesperaciones y búsquedas infructuosas, pero también capaz de otorgarte el poder sólo con que consigas dominar sus embestidas, controlar sus consecuencias y establecer, poco a poco, una posible respuesta".
¿Quién se atreve a dejar de hacerse preguntas?

lunes, 26 de septiembre de 2005

Rayos y centellas

Un rayo no cae nunca en el mismo lugar dos veces.
Y sin embargo, hay ciertas personas que parecen recibir siempre su destello iluminador, su fugaz alumbramiento, la fuerza de su carga eléctrica.
Son personas que se cargan con la poderosa energía que desciende de los cielos, personas que emiten chispas de luz a través de sus ojos, personas que serían tan capaces de elevar a alguien al paraíso como de hundirlo en la miseria, sólo con una mirada y unas palabras dulcemente emitidas.
Los relámpagos no son rectos, muestran los múltiples quiebros y requiebros que precisa recorrer quien desee controlarlos.

jueves, 22 de septiembre de 2005

Amarillo es el sol, y las margaritas...

Debe ser por eso, porque el amarillo trae mala suerte, porque es un color tan escandalosamente chillón que las neurosis y las alucinaciones se siente atraídas por él, como una polilla que gira alrededor de una bombilla encendida sin ninguna finalidad apreciable.
Salgo de casa, del vestíbulo pintado de amarillo, y bajo a la calle. A la puerta de mi edificio hay un músico, tocando el clarinete y solicitando alguna limosna. Sus melodías son agradables, no es un músico cualquiera, es un buen músico. No le hago el menor caso.
Llevo, por cierto, una camiseta amarilla. Me acerco al supermercado. En la puerta hay un músico. Juraría que es el mismo que dos minutos antes se encontraba en mi calle, pero juzgo tal pensamiento como imposible. Además, este músico toca el violín, y no lo hace mal por cierto.
Al dejar mi coche en el aparcamiento, observo que las paredes de este son destacadamente amarillas. Allí, en el aparcamiento, hay un trompetista. Parece un virtuoso, tan bien extrae notas armónicas de su instrumento, y se parece, casualidad, a los dos músicos anteriores. También mi actitud es parecida, total ignorancia.
Salgo a pasear por el centro. Como comienza a llover, me veo en la obligación de comprarme un paraguas para finalizar mis compras. El paraguas, por supuesto, es amarillo.
Cuando vuelvo a casa, un par de horas después, me he encontrado con un violonchelista, un flautista, un pianista e incluso un tubista, si es que así se llaman. En mi cabeza se reproduce toda una sinfonía tocada por músicos que podrían ser gemelos. Mañana les echaré unas monedas, unas de esas monedas amarillas...

lunes, 19 de septiembre de 2005

El desván suizo

Lo bueno de comprar una casa antigua es que, mientras la redecoras a tu gusto, vas descubriendo por azar sus secretos, frutos de décadas y décadas de silenciosa observación y acumulación de vivencias, precisamente en la manera en que más se aprende, escuchando y callando.
Tres dormitorios, una cocina, dos baños, un salón-comedor, terraza, garaje y un desván suizo.
Adquirió la casa en propiedad con los ojos cerrados, y sólo unos días después de instalarse comenzó a darle vueltas al asunto del desván suizo. ¿Qué es un desván suizo? ¿Qué le diferencia del resto de los desvanes? ¿Su arquitectura, su forma, su contenido?
Cuando giró la llave y empujó la puerta, esta crujió y se quejó de los achaques propios de su edad. El desván, al final de una estrecha escalera, se reveló ante los ojos de su nuevo dueño como un conjunto infinito de objetos, como un mercadillo de antigüedades que se apilaban unas sobre otras y que apenas permitían respirar.
Entre las cajas y las telarañas, el propietario encontró una radio de galena, un esqueleto humano al que le faltaba una costilla, una clepsidra, el busto de Medusa esculpido en mármol. Decidió que con ellos decoraría el resto de la casa.
Encontró también las escrituras de un latifundio en Siberia, que seguro que visitaría el próximo verano, y una caja roja en forma de ataúd cuya tapa se encontraba fuertemente sellada con largos clavos de carpintero. Al abrirla, no sin dificultad, le sorprendió toparse, en su interior, con el cadáver perfectamente conservado de un prestidigitador, capa y sombrero incluidos.
Se preguntó qué haría allí aquella caja y aquel mago, y se contestó, resignado, que él no era quién para inmiscuirse en cuestiones tan oscuras y retorcidas como la magia. De modo que cogió el cadáver y lo colocó en una esquina de su salón, pues su capa hacía perfecto juego con las cortinas. Tras su descubrimiento, se tumbó, satisfecho, en su sofá, observando su nuevo objeto decorativo. Seguía sin saber qué era un desván suizo. Sólo sabía que se sentía dichoso de poseer uno.

jueves, 15 de septiembre de 2005

La desaparición del prestidigitador

- ¡Nada por aquí, nada por allá!
El célebre prestidigitador abrió la caja y mostró su interior a todos los presentes. Vacía, completamente vacía. Una suerte de ataúd rojo capaz de recoger en su seno a una persona adulta. No sin esfuerzo, el prestidigitador volvió a depositar la caja en el suelo, se introdujo en ella y solicitó a su ayudante que clavara la tapa con largos clavos de carpintero y el martillo que había sobre la mesa. Este lo hizo así y cubrió la caja con una tela coloreada como un pavo real.
De repente, redoble de tambores, una explosión y un grito de sorpresa procedente del público. La caja con el mago había desaparecido ante sus ojos y sobre el suelo sólo quedaba la tela, tan coloreada como siempre.
El ayudante sonrío y se dirigió al biombo que se encontraba al otro lado del escenario.
- ¿Y dónde se habrá metido nuestro sorprendente Mago Claudius?
Cuando retiró el biombo y no encontró a nadie detrás de él, fue el mismo ayudante quien gritó, no tanto de sorpresa como de pánico. Salió del escenario corriendo enloquecido, llamando a la policía y afirmando que el mago había desaparecido.
- Pues claro que ha desaparecido, ya lo hemos visto.
Entre el público aún había quien disfrutaba creyendo que todo lo que sucedía era, tan sólo, un montaje más dentro del espectáculo.

lunes, 12 de septiembre de 2005

El manual del perfecto suicida

Hay dos libros que ocupan un lugar especial en mi biblioteca de volúmenes prohibidos. El primero de ellos es, por supuesto, el Necronomicón que escribiera el árabe loco Abd al-Azad. Porque sí, porque de vez en cuando no viene mal convocar a los espíritus malignos y departir con ellos en calma, pues normalmente los espíritus tienen ideas más interesantes que los vivos, y los malignos más que los benignos.
Ah, por cierto, cuando una comunidad califica de loco a uno de sus miembros, es bastante probable, y la historia da pruebas irrefutables de ello, que ese condenado sea en realidad el único cuerdo entre una manada de desequilibrados histéricos.
El segundo libro lo escribió un ilustrado escocés, Thomas Barrister, en una época en la que todo tenía que ser explicado bajo las coordenadas de la razón. El Manual del perfecto suicida es un excelente compendio de razones por las que cada cual debería ser libre de elegir el momento, las causas y las circunstancias de su muerte. Exaltación del libre albedrío, que se llama. Ahí van algunos fragmentos:
"Todo suicidio es una decisión personal e indiscutible para los demás"
"El suicidio ha de ser meditado, reflexivo, y ha de enfrentarse desde una situación de calma y equilibrio mental. El suicida, pues, ha de ser racionalmente consciente de que el suicidio es, para él, la mejor opción"
"El modo de morir depende de las prioridades de cada uno. En general, buscamos evitar el dolor, a no ser que lo necesitemos como medio de purificación"
No sé por qué será, pero cada año, por estas fechas, me da por hojearlo y leer unas páginas.

jueves, 8 de septiembre de 2005

El cine en casa

Supongo que todos ustedes han probado alguna vez, en el summum de la imprudencia y de la intrepidez, a cerrar los ojos y mirar dentro, ¿verdad? Ese fondo negro de ceguera momentánea al principio, esos puntos y luces de colores que van surgiendo después, poco a poco, como pequeñas florecillas que se abren.
Pues bien, he descubierto que si, mientras cierro los ojos, golpeo con la suficiente fuerza mi nuca con la palma de mi mano, en mi mente comienza a sonar el inconfundible sonido del cinematógrafo y sobre el fondo negro comienza a desarrollarse, fotograma a fotograma, la película de mi vida.
No sé realmente si se trata de un descubrimiento excepcional o simplemente de una suerte de perversión de índole autosadomasoquista, pero debo admitir que me estoy enganchando a esta forma de visionado fácil y gratuito.
Mi vida ante mis ojos, como una película, como si fuera a morir.
Y ayer me di cuenta de que, si además me golpeo la cabeza contra la pared, el sonido viene en estéreo...

lunes, 5 de septiembre de 2005

Detrás

Los cuadros, las pinturas, las composiciones pictóricas, como quieran llamarlas.
Es un placer observarlas de frente, buscar imágenes, disfrutar de sus colores, rebuscar entre sus pinceladas el soplo de inspiración que movió al autor a construirlo de esa forma y no de otra. Son manifestaciones polisémicas, capaces de conmover a miles de personas por motivos diversos entre sí, y distintos, por supuesto, a los que manejaba el autor cuando se enfrentó al lienzo en blanco.
Pero, ¿qué hay detrás?
En mi casa, periódicamente, vuelvo los cuadros del revés, los pongo mirando a la pared, y no porque quiera castigarlos, sino porque imagino que su cara oculta también tiene algo que decir. Bien mirado, nunca encuentro más allá de un cartón con una fecha escrita, un marco sin barnizar y las correspondientes tachuelas o clavos. ¿Y qué? ¿Y si algún día encuentro en la retaguardia de alguno de mis cuadros un tesoro, un manuscrito secreto que desvele el origen del universo, un billete de 500, yo qué sé?
En los museos, allí sí que los cuadros guardan tesoros tras sus prodigiosas caras visibles. Por eso no te dejan tocarlos, para que no les des la vuelta. Cuando yo tenga un museo, ya verán, ya.

viernes, 2 de septiembre de 2005

Pérdida de orientación

El caminante dirigía siempre sus pasos en dirección al horizonte. "Así siempre tendré una dirección que seguir", aseguraba, "y paso a paso avanzaré sin descanso". Así, con el horizonte siempre a la vista, su vida no dejaría de tener sentido, pues sabría en cada momento lo que tendría que hacer: avanzar.
Pero un día el horizonte desapareció, y en lugar de la línea recta e infinita que había avistado hasta ese momento encontró todo un cúmulo de formas geométricas, de pirámides y prismas que se confundían con una bruma espesa y de apariencia viscosa.
Entonces, con el horizonte perdido, el caminante tuvo que comprar una brújula para mantener su dirección. Lástima que las brújulas sean veleidosas y artificiales, y actúen, en ocasiones, como seres desnortados, lo cual no deja de ser dolorosamente paradójico.
El caminante llora ahora su desgracia mientras se mueve errante por el mundo, por no cuidar su horizonte, por no darle valor a lo que tenía delante, por cubrir su mente con feos nubarrones y absurdas brújulas fabricadas por otros.