Debe ser por eso, porque el amarillo trae mala suerte, porque es un color tan escandalosamente chillón que las neurosis y las alucinaciones se siente atraídas por él, como una polilla que gira alrededor de una bombilla encendida sin ninguna finalidad apreciable.
Salgo de casa, del vestíbulo pintado de amarillo, y bajo a la calle. A la puerta de mi edificio hay un músico, tocando el clarinete y solicitando alguna limosna. Sus melodías son agradables, no es un músico cualquiera, es un buen músico. No le hago el menor caso.
Llevo, por cierto, una camiseta amarilla. Me acerco al supermercado. En la puerta hay un músico. Juraría que es el mismo que dos minutos antes se encontraba en mi calle, pero juzgo tal pensamiento como imposible. Además, este músico toca el violín, y no lo hace mal por cierto.
Al dejar mi coche en el aparcamiento, observo que las paredes de este son destacadamente amarillas. Allí, en el aparcamiento, hay un trompetista. Parece un virtuoso, tan bien extrae notas armónicas de su instrumento, y se parece, casualidad, a los dos músicos anteriores. También mi actitud es parecida, total ignorancia.
Salgo a pasear por el centro. Como comienza a llover, me veo en la obligación de comprarme un paraguas para finalizar mis compras. El paraguas, por supuesto, es amarillo.
Cuando vuelvo a casa, un par de horas después, me he encontrado con un violonchelista, un flautista, un pianista e incluso un tubista, si es que así se llaman. En mi cabeza se reproduce toda una sinfonía tocada por músicos que podrían ser gemelos. Mañana les echaré unas monedas, unas de esas monedas amarillas...
jueves, 22 de septiembre de 2005