Los cuadros, las pinturas, las composiciones pictóricas, como quieran llamarlas.
Es un placer observarlas de frente, buscar imágenes, disfrutar de sus colores, rebuscar entre sus pinceladas el soplo de inspiración que movió al autor a construirlo de esa forma y no de otra. Son manifestaciones polisémicas, capaces de conmover a miles de personas por motivos diversos entre sí, y distintos, por supuesto, a los que manejaba el autor cuando se enfrentó al lienzo en blanco.
Pero, ¿qué hay detrás?
En mi casa, periódicamente, vuelvo los cuadros del revés, los pongo mirando a la pared, y no porque quiera castigarlos, sino porque imagino que su cara oculta también tiene algo que decir. Bien mirado, nunca encuentro más allá de un cartón con una fecha escrita, un marco sin barnizar y las correspondientes tachuelas o clavos. ¿Y qué? ¿Y si algún día encuentro en la retaguardia de alguno de mis cuadros un tesoro, un manuscrito secreto que desvele el origen del universo, un billete de 500, yo qué sé?
En los museos, allí sí que los cuadros guardan tesoros tras sus prodigiosas caras visibles. Por eso no te dejan tocarlos, para que no les des la vuelta. Cuando yo tenga un museo, ya verán, ya.
lunes, 5 de septiembre de 2005