Supongo que todos ustedes han probado alguna vez, en el summum de la imprudencia y de la intrepidez, a cerrar los ojos y mirar dentro, ¿verdad? Ese fondo negro de ceguera momentánea al principio, esos puntos y luces de colores que van surgiendo después, poco a poco, como pequeñas florecillas que se abren.
Pues bien, he descubierto que si, mientras cierro los ojos, golpeo con la suficiente fuerza mi nuca con la palma de mi mano, en mi mente comienza a sonar el inconfundible sonido del cinematógrafo y sobre el fondo negro comienza a desarrollarse, fotograma a fotograma, la película de mi vida.
No sé realmente si se trata de un descubrimiento excepcional o simplemente de una suerte de perversión de índole autosadomasoquista, pero debo admitir que me estoy enganchando a esta forma de visionado fácil y gratuito.
Mi vida ante mis ojos, como una película, como si fuera a morir.
Y ayer me di cuenta de que, si además me golpeo la cabeza contra la pared, el sonido viene en estéreo...
jueves, 8 de septiembre de 2005