Lo bueno de comprar una casa antigua es que, mientras la redecoras a tu gusto, vas descubriendo por azar sus secretos, frutos de décadas y décadas de silenciosa observación y acumulación de vivencias, precisamente en la manera en que más se aprende, escuchando y callando.
Tres dormitorios, una cocina, dos baños, un salón-comedor, terraza, garaje y un desván suizo.
Adquirió la casa en propiedad con los ojos cerrados, y sólo unos días después de instalarse comenzó a darle vueltas al asunto del desván suizo. ¿Qué es un desván suizo? ¿Qué le diferencia del resto de los desvanes? ¿Su arquitectura, su forma, su contenido?
Cuando giró la llave y empujó la puerta, esta crujió y se quejó de los achaques propios de su edad. El desván, al final de una estrecha escalera, se reveló ante los ojos de su nuevo dueño como un conjunto infinito de objetos, como un mercadillo de antigüedades que se apilaban unas sobre otras y que apenas permitían respirar.
Entre las cajas y las telarañas, el propietario encontró una radio de galena, un esqueleto humano al que le faltaba una costilla, una clepsidra, el busto de Medusa esculpido en mármol. Decidió que con ellos decoraría el resto de la casa.
Encontró también las escrituras de un latifundio en Siberia, que seguro que visitaría el próximo verano, y una caja roja en forma de ataúd cuya tapa se encontraba fuertemente sellada con largos clavos de carpintero. Al abrirla, no sin dificultad, le sorprendió toparse, en su interior, con el cadáver perfectamente conservado de un prestidigitador, capa y sombrero incluidos.
Se preguntó qué haría allí aquella caja y aquel mago, y se contestó, resignado, que él no era quién para inmiscuirse en cuestiones tan oscuras y retorcidas como la magia. De modo que cogió el cadáver y lo colocó en una esquina de su salón, pues su capa hacía perfecto juego con las cortinas. Tras su descubrimiento, se tumbó, satisfecho, en su sofá, observando su nuevo objeto decorativo. Seguía sin saber qué era un desván suizo. Sólo sabía que se sentía dichoso de poseer uno.
lunes, 19 de septiembre de 2005