Hay dos libros que ocupan un lugar especial en mi biblioteca de volúmenes prohibidos. El primero de ellos es, por supuesto, el Necronomicón que escribiera el árabe loco Abd al-Azad. Porque sí, porque de vez en cuando no viene mal convocar a los espíritus malignos y departir con ellos en calma, pues normalmente los espíritus tienen ideas más interesantes que los vivos, y los malignos más que los benignos.
Ah, por cierto, cuando una comunidad califica de loco a uno de sus miembros, es bastante probable, y la historia da pruebas irrefutables de ello, que ese condenado sea en realidad el único cuerdo entre una manada de desequilibrados histéricos.
El segundo libro lo escribió un ilustrado escocés, Thomas Barrister, en una época en la que todo tenía que ser explicado bajo las coordenadas de la razón. El Manual del perfecto suicida es un excelente compendio de razones por las que cada cual debería ser libre de elegir el momento, las causas y las circunstancias de su muerte. Exaltación del libre albedrío, que se llama. Ahí van algunos fragmentos:
"Todo suicidio es una decisión personal e indiscutible para los demás"
"El suicidio ha de ser meditado, reflexivo, y ha de enfrentarse desde una situación de calma y equilibrio mental. El suicida, pues, ha de ser racionalmente consciente de que el suicidio es, para él, la mejor opción"
"El modo de morir depende de las prioridades de cada uno. En general, buscamos evitar el dolor, a no ser que lo necesitemos como medio de purificación"
No sé por qué será, pero cada año, por estas fechas, me da por hojearlo y leer unas páginas.
lunes, 12 de septiembre de 2005