El caminante dirigía siempre sus pasos en dirección al horizonte. "Así siempre tendré una dirección que seguir", aseguraba, "y paso a paso avanzaré sin descanso". Así, con el horizonte siempre a la vista, su vida no dejaría de tener sentido, pues sabría en cada momento lo que tendría que hacer: avanzar.
Pero un día el horizonte desapareció, y en lugar de la línea recta e infinita que había avistado hasta ese momento encontró todo un cúmulo de formas geométricas, de pirámides y prismas que se confundían con una bruma espesa y de apariencia viscosa.
Entonces, con el horizonte perdido, el caminante tuvo que comprar una brújula para mantener su dirección. Lástima que las brújulas sean veleidosas y artificiales, y actúen, en ocasiones, como seres desnortados, lo cual no deja de ser dolorosamente paradójico.
El caminante llora ahora su desgracia mientras se mueve errante por el mundo, por no cuidar su horizonte, por no darle valor a lo que tenía delante, por cubrir su mente con feos nubarrones y absurdas brújulas fabricadas por otros.
viernes, 2 de septiembre de 2005