viernes, 21 de octubre de 2005

Cirugía de carretera

A los conductores, esos que tanto se inquietan por un mero semáforo en rojo, no les importa, por lo general, provocar un tremendo atasco si con ello consiguen ser testigos fugaces de un accidente, sobre todo si este reporta imágenes truculentas.
Fue la conclusión que saqué después de verme inmerso en un parón en la autovía a causa de un accidente que se había producido "en la vía destinada a la circulación en sentido contrario". Como no tenía más remedio, me añadí al grupo de los "espectadores circunstanciales".
El accidente era de magnas proporciones. Tres vehículos y un peatón atropellado.
¿Un peatón en una autovía?
Sí.
Para mayor perplejidad por mi parte, deduje que se trataba de un tipo que practicaba footing. Vestía ropa deportiva, llevaba una cinta en el pelo y sus intestinos se encontraban desordenadamente desperdigados por el arcén.
No habían aún llegado los servicios de urgencia, y sin embargo un médico había bajado de su vehículo y le dispensaba los primeros auxilios (prueben a gritar con desesperación "hay algún médico entre los presentes", siempre aparece alguno, aunque lo hagan en mitad del desierto, o en su propia casa, la proporción de médicos por habitante debe ser de 10 ó 12 por cada uno, casi como la de abogados).
El médico debió hacer bien su trabajo, pues introdujo los intestinos en su lugar, cosió con precisión e, inmediatamente, el deportista se levantó, le dio las gracias efusivamente y continuó su carrera.
Y es que la determinación del verdadero atleta siempre me ha parecido, y esta anécdota prueba que no me equivoco, admirable.
El atasco, sin embargo, continuó otro par de horas, incluso cuando ya no había nada que ver.