viernes, 14 de octubre de 2005

El espíritu profético

¿Sufrían de estrés los antiguos profetas, siempre agitados entre convulsiones, visiones y masas de creyentes y opositores, ocupados en dirigir las mentes y los cuerpos de los elegidos, invadidos por terribles predicciones de muerte y destrucción, de castigos a los injustos y de innumerables penalidades antes de alcanzar el ansiado final?
¿Continúa aún hoy en día la eterna lucha entre el bien y el mal, el enfrentamiento entre los opuestos, el divino contraste entre las causas justas y las injustas, o se han pasado todos los contendientes al mismo bando, el de la injusticia consentida e incluso aplaudida, de modo que ya no existe manera humana de calificar la mayoría de las acciones desde un punto de vista ético?
Si un profeta, en la actualidad, tuviera una visión, un mensaje que transmitir, ¿sería creído y valorado en su justa medida, o se convertiría en objeto de burla sólo por tratar de ofrecer puntos de vista que difieren de aquello considerado "normal", y que, por el hecho de ser normal, no está ni bien ni mal, tan sólo es así por una especie de imposición de costumbres?
¿Y si la lucha entre el bien y el mal ya terminó? ¿Y si ganó el mal hace ya mucho tiempo y ni siquiera nos damos cuenta? ¿Y si estamos tan conquistados ya por el mal que apenas lo percibimos?
¿Y si somos parte del mal?
¿Y si somos el mal en sí mismo?