martes, 25 de octubre de 2005

El vuelo del ave fénix

Estaba bien eso de resurgir de las propias cenizas.
Eso, al menos, pensaba el pequeño pajarillo, el fénix en ciernes que tosía levemente al aspirar el humo de los rescoldos todavía calientes de la combustión de su propio cuerpo.
Crecería poco a poco, como ya había hecho tantas veces, desarrollaría sus coloreadas alas, su fuerte pico, su atractivo plumaje, y entonces sobrevolaría el cielo con la satisfacción y el entusiasmo de quien siente que ha muerto y vuelto a nacer.
Viviría la vida como si fuera la primera vez, disfrutaría cada momento, cada experiencia, aunque vagos recuerdos le hicieran creer que ya había estado allí.
Y envejecería, perdiendo fuerza, ganas y facultades.
Y moriría.
Y volvería a renacer, para ejecutar las mismas acciones, para desarrollar pensamientos similares, para volver a morir y a nacer de nuevo.
El polluelo, aunque joven, rectificó su impresión inicial y decidió que no estaba tan bien eso de renacer, quiso salir del círculo que constituía su existencia y que, comprendió, le desposeía por completo de la facultad más valiosa: la libertad.
Su futuro estaba escrito, era circular e inevitable, y el ave fénix sólo podía, por el momento, lamentarlo.