viernes, 7 de octubre de 2005

La guardia

Una orden de un superior era un motivo más que justificado para hacer acto de presencia en aquella guardia. El hecho de que la orden hubiera sido enviada mediante correo interno, sin contacto humano, era un detalle insignificante. De hecho, era el procedimiento habitual en el campamento de montaña, algunos mandos preferían no exponerse al frío y las carencias de la vida en altitud y dirigían con severidad y destreza desde decenas de kilómetros de distancia.
"Guardia en la cima", decía la orden, debidamente cumplimentada y firmada por la autoridad competente.
Y sin embargo, ¿por qué en la cima sólo había un desierto de nieve y viento helado? ¿Dónde estaba mi compañero de guardia? Si las guardias duran 24 horas, ¿por qué nadie había venido a relevarme en los tres últimos días?
No es que quiera discutir las órdenes que recibo. Nada más lejos de mi intención. Sucede que después de tres días los párpados quieren entregarse al sueño, las piernas fallan y dejan de sostener al cuerpo, el viento congela mis manos y mi rostro y esta soledad atroz comienza a embotar el funcionamiento normal de mi cerebro.