Al final la madre de Forrest Gump va a tener razón, y la vida va a resultar tener una exacta analogía con la susodicha caja.
Como la caja de bombones, la vida se presenta envuelta en bonitos y divertidos colores, brillantes y llenos de atractivos. Abres el interior y tienes un montón de opciones, cantidad de bombones por elegir, y todos parecen apetitosos.
Tomas el primero. Lo abres y observas con cuidado, lo paladeas con los ojos cerrados para concentrar todas tus funciones vitales en torno al sentido del gusto. Está bueno. Muy bueno, definitivamente. Tan bueno, que sientes la tentación irresistible de hacerte con un segundo ejemplar cuyo sabor, por supuesto, ya no es tan sorprendente, aunque sigue siendo delicioso.
Cuando ya has tomado cinco o seis se han derretido tanto los bombones como las ilusiones por probarlos. Sin embargo continúas tomando, un poco por pura inercia y un poco por una adicción que ni tú mismo sabrías explicar muy bien.
Cuando la caja se acaba, porque se acaba siempre, tarde o temprano, nos queda una sensación de insuficiencia y de necesidad que parece contradictoria con el hecho objetivo de que, en realidad, los bombones de cuyo sabor hemos verdaderamente disfrutado son los menos, eso si acaso alguno mereció en absoluto la pena.
sábado, 29 de octubre de 2005