martes, 29 de noviembre de 2005

Memory life

¿Somos lo que recordamos?
A nivel práctico, por supuesto, en nuestra vida diaria, podríamos decir que sí, contruimos a partir de lo que sabemos, y sabemos lo que hemos experimentado y asumido en el pasado. ¿He estado alguna vez en la isla de Tonga? Pues la verdad, no recuerdo haber viajado allí, de modo que es lógico suponer que no.
El hecho es que no recuerdo haber nacido. Si rebusco en mis recuerdos más añejos me veo a mí mismo ya en contacto con los demás. Recuerdo haber crecido, pero no haber nacido, de modo que el origen de mi vida queda sujeto a hipótesis teóricas o informaciones de terceros, algo así como una especie de big bang del que todos pueden hablar y que yo, principal protagonista, me siento incapaz de rememorar.
De modo que, si no lo recuerdo, pudiera ser perfectamente que yo no hubiera nacido. Igual mi vida es una ficción, como la de Segismundo, igual el mundo se confabula contra mí para hacerme ver lo que no es, como a Truman, igual seres superiores dan apariencia de realidad a algo que, físicamente, no existe, como a Neo.
¿Cómo puedo saber quién soy, si no recuerdo de dónde vengo, no puedo confiar en nadie y no puedo saber adónde voy?
P.D.: Algún día visitaré la isla de Tonga, o creeré haberla visitado. Tiempo al tiempo.

viernes, 25 de noviembre de 2005

Tanto nadar...

Siempre me han parecido heroicas las historias que relatan las peripecias de un protagonista que, después de luchas, sufrimientos y sacrificios consigue llegar a su objetivo, palparlo, observarlo, casi tocarlo... y ver cómo definitivamente este se le escapa de las manos.
En el fondo es una buena representación de la que es la vida en general. Uno vive, y trata de hacerlo de la mejor manera posible, sin envenenar su día a día ni el de los demás, asegurándose un porvenir deseable y un entorno acorde con las propias pretensiones. Uno camina por el desierto buscando la tierra prometida para, al final, morir escasos metros antes de pisarla, o consigue rescatar a la amada de los infiernos para, en última instancia, perderla en el umbral de salida.
Cruel, ¿verdad?
La vida es cruel.
Por eso me agrada que la literatura sea también cruel.
Y sin embargo, ¿por qué triunfan los edulcorados finales made in Hollywood hasta el punto de parecer necesarios, imprescindibles para que una historia pueda transmitir? Los mismos que observan el telediario con anestésica indiferencia son los que necesitan, a toda costa, que el chico y la chica acaben juntos para poder decir que una película les ha gustado.
Si fuera escritor, o director, mataría a todos mis protagonistas justo cuando parecían ser más felices.

martes, 22 de noviembre de 2005

La dura vida de la farándula

Voy a crear una compañía teatral que represente la historia del mundo en tiempo real desde los inicios de la vida hasta su final.
Al principio tendré que contratar actores capaces de dar vida a seres microscópicos y estúpidos que pululen de un lado para otro sin saber muy bien dónde se encuentran. Así transcurrirán varios millones de años. La tensión irá in crescendo, sin duda, y cuando el primer ser salga del agua, el teatro prorrumpirá en un emotivo aplauso que se tornará ovación cuando se yerga el primer homínido.
Los actos centrales están cuajados de guerras, traiciones, envidias y recelos de esta nuestra raza humana. Se trata, no obstante, de una obra apta para todos los públicos, de hecho los niños que entren a disfrutar de ella saldrán siendo adultos, o morirán, incluso, disfrutando de la representación. La historia del mundo en tiempo real abarcará la vida de varias generaciones de espectadores, por supuesto.
Y el final será apoteósico, casi mágico. Aún no lo tengo claro, pero habrá un final, evidentemente, como en toda obra que se precie. Llantos, lamentos, arrepentimientos... igual la obra resulta más breve de lo que en un principio parecía.

viernes, 18 de noviembre de 2005

Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

- Pues barajo varias opciones -me comentaba el anciano mientras se acariciaba sus barbas, largas y blancas como el hilo de Ariadna-. Cuando ya sea tan, tan viejo que el tiempo haya dejado de pasar por mí, entonces podré elegir entre ellas, ir saltando de una a otra y evitar la carga psicológica que supone realizar la misma labor durante un tiempo prolongado.
Quiero ser enterrador en Père Lachaise, cocinero mayor de la Corte del Emperador de China, especializado en la suculenta preparación del cerebro frito de mono vivo, me gustaría también ser inventor de la máquina del tiempo, bibliotecario en Alejandría, antropófago en la Polinesia, submarinista en la Antártida, Presidente de un país imaginario, un dios menor, un budista reencarnado en helecho, un escritor maldito y suicida, un bonito cadáver.
- ¿Y mientras tanto?
- Mientras tanto dedico mis horas a pensar lo agradable que sería llegar a ser uno de estos personajes y a esperar pacientemente que llegue mi momento. Porque llegará. El tiempo es inclemente pero sabio...

lunes, 14 de noviembre de 2005

Me aprieta el cinturón de asteroides

Cuentan que hubo un tipo que se volvió loco. Sus rarezas congregaban a su alrededor a tanta gente que el tipo se convirtió en un personaje popular y querido. Un día el tipo recuperó su cordura. Cuando quiso celebrarlo con los que le rodeaban, no quedaba ya nadie, un cuerdo no es atractivo, y quedó solo con su sensatez.
Cuentan que hubo un buen rey con un único defecto, el de devorar a sus hijos. Le gustaba el sabor de la carne blanda y joven por él mismo engendrada. Cuando decidió que lo que hacía era una salvajada y dejó de acabar con sus hijos, estos se levantaron contra él, le derrocaron y le asesinaron, esparciendo sus pedazos por todo el reino.
Cuentan que hubo un sabio que afirmó que la línea que separaba las buenas acciones de las malas es como la que divide la coherencia de la temeridad, extremadamente fina y, en ocasiones, difusa. Sus verdades eran tan absolutas que nadie las entendió, y el sabio acabó en una alejada cueva, aterido de frío, acosado por las ratas y con una calavera de sonrisa sarcástica como única compañía.
Este mundo es, definitivamente, demasiado absurdo. No llegaré a comprenderlo nunca. Me aprieta el cinturón de asteroides, he de romper sus barreras. ¿Sale próximamente algún vuelo barato y sin escalas a Plutón, o más allá? Si puedo me apunto.

viernes, 11 de noviembre de 2005

Peter Pan no tiene quien le escriba

En ningún momento de la historia El País de Nunca Jamás había sido tan inmenso, solitario y desolador...
Peter Pan recorría los lugares comunes que le traían recuerdos de épocas mejores, épocas de juegos, compañía y diversión.
Wendy lo había abandonado, hacía mucho tiempo, tras un par de estúpidas discusiones. Había vuelto al mundo de los adultos, de la responsabilidad, y allí se había casado con el presidente ejecutivo de una empresa de telecomunicaciones. Ahora tenía una casa, un perro y dos hijos tan repipis, engreídos y juppies como su padre. Se creía feliz, no obstante, y apenas recordaba a Peter como una aventura de juventud.
Tampoco estaba ya el Capitán Garfio, su archienemigo, que había decidido entrar en el showbusiness y probar en Hollywood como actor. Dados su físico y su mal humor había conseguido triunfar en el papel de asesino vengador en una película de terror adolescente. Ahora nadaba en la abundancia y jugaba a los piratas en la piscina climatizada de su mansión.
Hasta el famoso cocodrilo había dejado el País de Nunca Jamás para ingresar en un zoo cinco estrellas, donde vivía entre lujo, cuidados y atractivas cocodrilas.
Los Niños Descarriados, como todos los niños descarriados, se habían metido en política, o en bolsa, y ahora conducías Porsches y jugaban con los dineros de los demás. No hacían más que sonreír, sobre todo en los saraos de los viernes por la noche...
Y Campanilla, la dulce Campanilla, anunciaba insecticidas por televisión.
Peter Pan era el único habitante, pues, de su propio País. Pasaba los días caminando como ausente, pegándole patadas a las piedras o arrojándolas al agua para ver como las ondas se expandían en círculos concéntricos. Por la noche lloraba, aunque no lo hacía por su situación, por la soledad que experimentaba, sino por la situación de los demás, por el enorme error que cometieron todos al abandonar el en otro tiempo alegre país de los sueños.

martes, 8 de noviembre de 2005

La ventana indiscreta

Miro desde mi ventana. Ahí fuera todavía no hace demasiado frío, el sol calienta lo suficiente como para que las flores salgan a pasear. Todo está bañado en un tinte dorado y luminoso, el cielo es plácido y se desintegra en una infinidad de puntitos azules que, apretados, muy juntitos, sonríen. Las abejan toman de aquí y de allá su néctar de la eterna juventud, los árboles las saludan al pasar y todo se desarrolla en una armonía tan sinfónica como las agradables y bucólicas utopías renacentistas.
Miro el interior en el que me desenvuelvo y, por el contrario, un soberano gris ceniza me inunda de melancólica oscuridad. Los muebles viejos fabrican telas de araña y un ciempiés insolente recorre sin permiso las esquinas de la estancia. El calor es tan sofocante que ni el infierno de Dante soportó tal abuso.
Me llaman desde fuera. Son voces dulces, como de sirenas. Me ataré a la mesa y resistiré aquí dentro. El mundo de fuera es demasiado bonito para ser de verdad...

viernes, 4 de noviembre de 2005

El mejor poema del mundo

El mejor poema del mundo es capaz de condensar en unas cuantas líneas toda la sabiduría humana, describir toda la belleza del mundo y explicar de la única manera en que pueden ser explicados, poéticamente, todos los misterios del universo.
El mejor poema del mundo es tan hermoso y armónico como un coro de ángeles, tan sutil como un hilo de seda y tan aprehensible como un cuento infantil.
He escrito el mejor poema del mundo, y sin embargo he decidido romperlo, olvidarlo, quemar los trozos y encerrar sus cenizas en un cofre protegido por setenta y siete llaves y enterrado a varios miriámetros bajo tierra.
Era demasiado bello. Era demasiado perfecto. ¿Qué hubiéramos dejado para después?

miércoles, 2 de noviembre de 2005

Cualquier tiempo pasado fue peor

El tipo encendió un cigarrillo y me miró fijamente:
- Dime un número al azar... a ver... ¿el 20?... pues venga, el veinte, como si me dices el 50 o el 86... cuenta que son años... pues bien, si miro atrás ese número de años, si busco algo en mi memoria, difícilmente recuerdo nada interesante, nada por lo que hubiera merecido la pena vivir tanto tiempo, quiero decir... el pasado está lleno de nubarrones negros, para todos, para todos... aunque la mayoría no quiere darse cuenta.
El tabaco prendía con tal rapidez, sometido a sus caladas intensas y repetidas, que sus palabras parecían presentadas en fotogramas a cámara rápida. Aún tuvo tiempo de encender el segundo.
- Le pregunté al gurú y me dijo que a veces es mejor ser un perdedor, que de perder también se aprende, más incluso, y yo qué se qué más me dijo... ni idea tenía el gurú... lo mandé bien lejos y le di un portazo en la cara... otro engañado, el gurú... ¿Y sabes lo mejor? Lo mejor es que el futuro se vislumbra tan gris como el pasado... mira, mira si no... mira ahí delante... ¿ves algo por lo que harías un esfuerzo de más para continuar? Menos mal que el fin se acerca...
Todo iba tan rápido que apenas dirigí la mirada a una oscura esquina poblada por nada. El tipo se iba ya encendiendo el tercer cigarrillo y yo no podía más que asentir...