martes, 8 de noviembre de 2005

La ventana indiscreta

Miro desde mi ventana. Ahí fuera todavía no hace demasiado frío, el sol calienta lo suficiente como para que las flores salgan a pasear. Todo está bañado en un tinte dorado y luminoso, el cielo es plácido y se desintegra en una infinidad de puntitos azules que, apretados, muy juntitos, sonríen. Las abejan toman de aquí y de allá su néctar de la eterna juventud, los árboles las saludan al pasar y todo se desarrolla en una armonía tan sinfónica como las agradables y bucólicas utopías renacentistas.
Miro el interior en el que me desenvuelvo y, por el contrario, un soberano gris ceniza me inunda de melancólica oscuridad. Los muebles viejos fabrican telas de araña y un ciempiés insolente recorre sin permiso las esquinas de la estancia. El calor es tan sofocante que ni el infierno de Dante soportó tal abuso.
Me llaman desde fuera. Son voces dulces, como de sirenas. Me ataré a la mesa y resistiré aquí dentro. El mundo de fuera es demasiado bonito para ser de verdad...