En ningún momento de la historia El País de Nunca Jamás había sido tan inmenso, solitario y desolador...
Peter Pan recorría los lugares comunes que le traían recuerdos de épocas mejores, épocas de juegos, compañía y diversión.
Wendy lo había abandonado, hacía mucho tiempo, tras un par de estúpidas discusiones. Había vuelto al mundo de los adultos, de la responsabilidad, y allí se había casado con el presidente ejecutivo de una empresa de telecomunicaciones. Ahora tenía una casa, un perro y dos hijos tan repipis, engreídos y juppies como su padre. Se creía feliz, no obstante, y apenas recordaba a Peter como una aventura de juventud.
Tampoco estaba ya el Capitán Garfio, su archienemigo, que había decidido entrar en el showbusiness y probar en Hollywood como actor. Dados su físico y su mal humor había conseguido triunfar en el papel de asesino vengador en una película de terror adolescente. Ahora nadaba en la abundancia y jugaba a los piratas en la piscina climatizada de su mansión.
Hasta el famoso cocodrilo había dejado el País de Nunca Jamás para ingresar en un zoo cinco estrellas, donde vivía entre lujo, cuidados y atractivas cocodrilas.
Los Niños Descarriados, como todos los niños descarriados, se habían metido en política, o en bolsa, y ahora conducías Porsches y jugaban con los dineros de los demás. No hacían más que sonreír, sobre todo en los saraos de los viernes por la noche...
Y Campanilla, la dulce Campanilla, anunciaba insecticidas por televisión.
Peter Pan era el único habitante, pues, de su propio País. Pasaba los días caminando como ausente, pegándole patadas a las piedras o arrojándolas al agua para ver como las ondas se expandían en círculos concéntricos. Por la noche lloraba, aunque no lo hacía por su situación, por la soledad que experimentaba, sino por la situación de los demás, por el enorme error que cometieron todos al abandonar el en otro tiempo alegre país de los sueños.
viernes, 11 de noviembre de 2005