Siempre me han parecido heroicas las historias que relatan las peripecias de un protagonista que, después de luchas, sufrimientos y sacrificios consigue llegar a su objetivo, palparlo, observarlo, casi tocarlo... y ver cómo definitivamente este se le escapa de las manos.
En el fondo es una buena representación de la que es la vida en general. Uno vive, y trata de hacerlo de la mejor manera posible, sin envenenar su día a día ni el de los demás, asegurándose un porvenir deseable y un entorno acorde con las propias pretensiones. Uno camina por el desierto buscando la tierra prometida para, al final, morir escasos metros antes de pisarla, o consigue rescatar a la amada de los infiernos para, en última instancia, perderla en el umbral de salida.
Cruel, ¿verdad?
La vida es cruel.
Por eso me agrada que la literatura sea también cruel.
Y sin embargo, ¿por qué triunfan los edulcorados finales made in Hollywood hasta el punto de parecer necesarios, imprescindibles para que una historia pueda transmitir? Los mismos que observan el telediario con anestésica indiferencia son los que necesitan, a toda costa, que el chico y la chica acaben juntos para poder decir que una película les ha gustado.
Si fuera escritor, o director, mataría a todos mis protagonistas justo cuando parecían ser más felices.
viernes, 25 de noviembre de 2005