Cuando los hombres se dieron cuenta de que sus semejantes tenían un hombrecito gris alojado en su interior, decidieron dejar de tener contacto entre ellos.
Los hombrecillos grises habitaban en cada uno de los hombres, y su única misión era perturbar al prójimo, alterar sus corrientes de pensamiento y debilitar sus almas para devorarlas poco a poco.
Los hombres decidieron huir de ellos, de modo que se aislaron para evitar el contacto con otros hombres y, en consecuencia, con los hombrecillos grises que habitaban en su interior.
Así muchos se decían felices, imperturbables y seguros de sí mismos, sin influencia negativa exterior. Hasta que los hombrecillos grises que cada uno de ellos poseía comenzó a devorar su propia alma.
Entonces los hombres dejaron de nuevo de ser felices, pero esta vez sus inquietudes eran tan profundas que no bastaba con alejarse ni con aislarse para librarse de ellas.
Unos y otros se fueron consumiendo. Primero las almas, luego los hombres, una vez que carecieron de ellas, por último los hombrecillos grises, tan voraces que acabaron por completo con el alimento que les hacía subsistir.
Estos últimos, sin embargo, no murieron entre lamentos y arrepentimientos, sino entre los brindis y las risas de quien ha conseguido su objetivo.
miércoles, 28 de diciembre de 2005