Nunca he confiado en los espejos, en su supuesta pureza al reflejar los rayos de luz, en su fidelidad con el mundo que muestran. De hecho, cada vez que posaba mis ojos sobre la superficie de cristal pulido no podía evitar preguntarme, en un acceso de ingenuidad, sin duda, si aquel que aparecía ante mí era realmente yo o sólo una copia, o una ficción, o un alter ego juguetón y bromista, o simplemente una apariencia tan irreal como el infinito o la felicidad absoluta.
Tenía varios espejos en casa, y me recorrían escalofríos cuando me miraba en ellos y constataba que cada uno me reflejaba de distinta manera, hasta el punto de llegar a convencerme, pueden creerlo, de que eran personas diferentes las que respondían, tras cada espejo, a la llamada que mi presencia realizaba desde este lado.
Siempre temí que comenzaran a hablarme, que se dirigieran a mí pese a mi mudez, que los supuestos reflejos cobraran vida propia y se rieran a carcajadas de mi rostro aterrado.
No ha sucedido así, sin embargo. Antes que manifestarse, han decidido desaparecer.
No les estoy agradecido por ello. No me han librado de ninguna carga con su actitud. Antes al contrario, vuelvo a sentirme preocupado, atemorizado. Ya no tengo miedo a que me respondan, ahora temo que no vuelvan aparecer, yo les llamó, les imploro su regreso, porque quiero volver a verme, porque me gustaba saberme vivo aunque imperfecto, porque prefiero mil veces que me engañen con una existencia fingida a que me muestren inexistente, inmaterial, porque desde que no me reflejo en los espejos me siento como un agujero negro, como un soplo perdido de viento, como el hálito de la muerte.
sábado, 24 de diciembre de 2005