domingo, 29 de mayo de 2005

Neobiótica

Lo peor de las micropartículas no es que sean partículas, sino que son micro, esto es, pequeñas.
Acostumbrado a interesarme por asuntos tan grandes que siempre serán incomprensibles, tengo que admitir que el mundo de lo pequeño aún no me convence del todo.
Por ejemplo, vas en bici, se te mete un corpúsculo flotante en el ojo, crees que es una mota de polvo y lo dejas pasar. Total, algo tan pequeño no puede hacer daño. Pues no. Resulta que esa pequeña mota no era tal, sino que eran huevos de mosca.
¿Cómo demonios pueden los huevos de mosca ser arrastrados por el viento? ¿Cómo se atreve la naturaleza a cometer semejante error?
Cuando las larvas eclosionan, se bañan en la nutritiva humedad de la córnea como en una sopa primordial, y comienzan a alimentarse de lo que tienen más a mano.
Tu ojo.

jueves, 26 de mayo de 2005

De los trastornos del comportamiento a las modas pasajeras

Se trata de una visión borgiana. Entro en una biblioteca tremenda, abismal, inconmensurable. Largas estanterías se extienden ante mí hasta donde puede alcanzar mi vista. Calculo que deben de ser millones los volúmenes que yacen ahí, esperando ser leídos.
Mis sentidos pueden ya percibir la ingente cantidad de conocimiento que allí se encuentra. Puedo olerlo, paladearlo... ¿se encontrarán ante mí las respuestas a mis ansias de inmortalidad y omnisciencia?
Sin embargo, la longitud infinita de las estanterías choca de frente con mi limitado tiempo de vida. Soy consciente de ello, siento que, después de tanto buscar, voy a perecer apenas a un palmo de llegar al final de mi camino. Tanto nadar para ahogarse en la orilla...
La situación comienza a agobiarme. Tanto conocimiento congregado porque sí se revela superior a mis fuerzas y mi capacidad de asunción. No puedo respirar, siento palpitaciones y he de abandonar la biblioteca.
Inmediatamente asocio mis síntomas con el síndrome de Stendhal, posiblemente porque está de moda a causa de una campaña publicitaria. El síndrome existía ya antes de que saliera por la tele, puedo jurárselo.
Para poner algo de moda, no hay como sacarlo por televisión, aunque, hablando de moda, hay quien palpita ante un centenar de libros como una quinceañera ante un escaparate de Zara.

martes, 24 de mayo de 2005

El silencio da miedo

Porque el silencio abre la puerta a lo desconocido, a los que rondan por ahí y se desplazan sigilosos, a los que guardan secretos irrevelables, porque el silencio podría permitirte descubrir, apenas sin querer, a alguien que no debía ser descubierto.
El silencio se me instala en los pliegues cerebrales y desarrolla mi incipiente esquizofrenia. Las voces, los ecos y los crujidos del silencio son tantos como los acordes de una orquesta sinfónica.
Necesito el silencio para pensar, pero el silencio me produce pavor. Pensar, de hecho, me produce pavor, a saber las conclusiones a las que puedo llegar...

sábado, 21 de mayo de 2005

Unplugged

Tengo un grupo punk colgado del lóbulo de mi oreja, tocando un Unplugged. El acústico suena realmente bien, y no sólo porque soy espectador en un lugar privilegiado. Estos chicos tienen verdadero talento.
Tal vez debería descolgármelos y llevarlos a algún estudio de grabación para que saquen un par de maquetas. Una oreja no es lugar para tocar música, aunque hay grupos que comenzaron en garajes más sucios e insalubres. Sé que sería lo mejor para ellos, que su futuro es prometedor y que yo no soy quién para poner obstáculos a su progresión.
Sin embargo, no termino de decidirme. Me gusta su música, y el privilegio de escucharla directamente en mi oído no es algo de lo que uno pueda desprenderse de la noche a la mañana.
Igual firmamos un contrato y me convierto en su mánager. De todos modos, fui yo quien les descubrí, aún les recuerdo, agarrados a mis tímpanos, cuando no eran más que unos aprendices.
¿Quién dijo que el punk ha muerto?

miércoles, 18 de mayo de 2005

Inquietud

Inquietud es la que nos abruma cuando la cuenta atrás comienza a llegar a su fin, cuando comenzamos a saber que algo va a pasar, cuando presentimos un cambio tan desconocido como excitante.
Y, sin embargo, inquietud es también la que nos revela que nuestra vida no sufre modificaciones, que las manillas del reloj están girando en vano, que tal vez deberíamos contar hasta diez y, plenamente conscientes, saltar al abismo.
La inquietud, como la fiebre, más que una enfermedad es una señal, un aviso sonoro y luminoso de que nuestro tiempo ha llegado.

sábado, 14 de mayo de 2005

Beyond, el más allá del plus ultra

Vivir en un décimo piso es como habitar un continente inexplorado. Estás tan lejos de todo que observas el mundo como un Júpiter atronador riendo desde el Olimpo. Llegar al décimo podría convertirse en toda una Odisea, pero prefieres, lógicamente, tomar el ascensor y teletransportarte, directamente, a tu lugar de destino, desafiando los límites del espacio y el tiempo, como quien toma un avión, aterriza en pleno centro de Australia y se vuelve sin haber conocido en absoluto el país de los canguros.
Pero el día que se fue la luz, el día que la frágil corriente eléctrica dejó de suministrarnos la base material de nuestra existencia, ese día tuve que enfrentarme al desafío de explorar, como un Indiana Jones urbano, los temibles y desconocidos tramos de escalera que desembocaban en la puerta de mi vivienda.
Eso, al menos, creía yo cuando inicié mi recorrido látigo en mano, preparado para luchar contra los dragones, las quimeras, los yonquis y las medusas que, a buen seguro y como ilustran los mapas antiguos, pueblan estos lugares recónditos y desconocidos.
No fue para tanto, aunque los mapas medievales acertaron en un detalle fundamental. En el séptimo piso, contra todo pronóstico, se extendían los inmensos abismos del fin del mundo, y la escalera desaparecía en un tremendo agujero de gusano, más allá de la lógica de la materia y de las obligaciones éticas de los constructores de edificios.
Volví a bajar, aterrorizado, ahora ya sé que, sin luz, mi casa es inaccesible, como las casas astrológicas.

miércoles, 11 de mayo de 2005

Grandes viajes a precios ridículos

El tipo gordo entra en la agencia de viajes. Espera su turno pacientemente, entre silbidos y miradas distraídas, hasta que se sienta frente a la empleada. Le dice, con los ojos chispeantes de ilusión, que quiere comprar un billete para visitar durante una semana la ínsula Barataria.
La chica le responde, perpleja, que cómo pretender ir a ese lugar. En avión, por supuesto, cómo iba a ser si no, tratándose de una ínsula. El barco se ha convertido en un transporte anacrónico, apostilla el tipo gordo.
La dulce empleada se pone nerviosa. Trata de explicarle al amable pero confundido señor que la ínsula Barataria no entra como destino en sus catálogos, que ni siquiera existe, que como ínsulas, a nivel nacional, sólo tiene las Baleares y las Canarias, que otras ínsulas como San Fernando, Alborán, La Toja o Tabarca o bien carecen de aeropuerto, o bien de interés como destino turístico.
El tipo comienza a irritarse. Se levanta y embiste, de un cabezazo, el mostrador de la empleada. Ésta llama a su jefa.
Cuando llega la jefa, reprende a la chica. El cliente siempre tiene la razón, le dice, y acompaña al tipo gordo a un despacho interior, donde ella, en persona, tratará de solucionar sus preocupaciones.
Dos semanas después, el tipo toma el sol, en chanclas y bañador, en la playa de la ínsula Barataria.

domingo, 8 de mayo de 2005

Apariciones

Y no era su culpa, lo hubiera jurado ante el más estricto de los tribunales. No podían declararle culpable de nada, porque él se había visto obligado, no había sido más que un instrumento, un arma utilizada por poderes superiores. ¿Alguien condenaría a un cuchillo o a un rifle? Vale que éstos no tienen voluntad propia, pero él tampoco la tenía, porque le dirigían, porque le hablaban de tan dentro...
Sabía perfectamente que no era un sueño. Un sueño es irreal, no es físico, un sueño se intuye, como una ficción, como un holograma. Aquello era algo más, algo tan real como sus familiares, como la vida.
Estaba ahí, delante de él, constantemente, mirándole a los ojos, y le hablaba desde dentro, como si pudiera introducirse en su cerebro, como si emitiera sonidos a través de cuerdas vocales ajenas.
Y le pedía sangre, matar, morir si era necesario...
Ahora de la sien de aquel pobre desconocido brotaba un hilillo del líquido rojo de la vida. Estaba inconsciente. No, estaba definitivamente muerto.
Pero él no había sido, él no podía ser culpable.

jueves, 5 de mayo de 2005

Retrato épico

¿Cuántas horas, minutos, segundos, cuántos días completos tuvo que posar La Maja desnuda ante el maestro Goya para obtener el premio de su fama eterna y de la exposición de sus encantos a millones de visitantes?
Tiene mérito, aguantar durante un tiempo que se hace infinito, inmóvil, en la pose en la que quieres ser recordado. Ahora, en la era de la cámaras digitales, tres segundos de preparación para una fotografía empiezan a considerarse una desagradable pérdida de tiempo.
Pero más aún me cuesta imaginar a los miembros de la fragua de Vulcano detenidos en pleno esfuerzo para que Velázquez pudiera reproducirlos, o la ronda nocturna detenida ante Rembrandt hasta que el amanecer los dispersó, o a los filósofos atenienses quietos, ellos y cincuenta extras circundantes, ante el lienzo de Rafael. Lo que puede llegar a hacerse por permanecer en las memorias, los lienzos y las retinas de las gentes...
"A ver Saturno, quieto ahí, justo dando ese mordisquito a tu hijo..."
"Vamos, chicos, ¿es que no podéis estar quietos los doce? Vaya apóstoles que elegí... Santiago, Tomás, dejad de hablar, que si no Leonardo no podrá empezar nunca..."

domingo, 1 de mayo de 2005

Visión de nuestras almas

Multitudes como masas informes sobre la superficie de un ocre terroso, un inclemente sol capaz de hacer prender como una cerilla las pieles más sensibles, más olores de los que la mente humana hubiera podido jamás imaginar, almas en pena que vagan sabiendo tan sólo que nunca el limbo había sido tan disfrutado...
Ya llaman de las alturas. Desde allí suenan, como trompetas del apocalipsis, mil canciones al mismo tiempo.