miércoles, 28 de diciembre de 2005

Homo homini lupus

Cuando los hombres se dieron cuenta de que sus semejantes tenían un hombrecito gris alojado en su interior, decidieron dejar de tener contacto entre ellos.
Los hombrecillos grises habitaban en cada uno de los hombres, y su única misión era perturbar al prójimo, alterar sus corrientes de pensamiento y debilitar sus almas para devorarlas poco a poco.
Los hombres decidieron huir de ellos, de modo que se aislaron para evitar el contacto con otros hombres y, en consecuencia, con los hombrecillos grises que habitaban en su interior.
Así muchos se decían felices, imperturbables y seguros de sí mismos, sin influencia negativa exterior. Hasta que los hombrecillos grises que cada uno de ellos poseía comenzó a devorar su propia alma.
Entonces los hombres dejaron de nuevo de ser felices, pero esta vez sus inquietudes eran tan profundas que no bastaba con alejarse ni con aislarse para librarse de ellas.
Unos y otros se fueron consumiendo. Primero las almas, luego los hombres, una vez que carecieron de ellas, por último los hombrecillos grises, tan voraces que acabaron por completo con el alimento que les hacía subsistir.
Estos últimos, sin embargo, no murieron entre lamentos y arrepentimientos, sino entre los brindis y las risas de quien ha conseguido su objetivo.

sábado, 24 de diciembre de 2005

A través del espejo

Nunca he confiado en los espejos, en su supuesta pureza al reflejar los rayos de luz, en su fidelidad con el mundo que muestran. De hecho, cada vez que posaba mis ojos sobre la superficie de cristal pulido no podía evitar preguntarme, en un acceso de ingenuidad, sin duda, si aquel que aparecía ante mí era realmente yo o sólo una copia, o una ficción, o un alter ego juguetón y bromista, o simplemente una apariencia tan irreal como el infinito o la felicidad absoluta.
Tenía varios espejos en casa, y me recorrían escalofríos cuando me miraba en ellos y constataba que cada uno me reflejaba de distinta manera, hasta el punto de llegar a convencerme, pueden creerlo, de que eran personas diferentes las que respondían, tras cada espejo, a la llamada que mi presencia realizaba desde este lado.
Siempre temí que comenzaran a hablarme, que se dirigieran a mí pese a mi mudez, que los supuestos reflejos cobraran vida propia y se rieran a carcajadas de mi rostro aterrado.
No ha sucedido así, sin embargo. Antes que manifestarse, han decidido desaparecer.
No les estoy agradecido por ello. No me han librado de ninguna carga con su actitud. Antes al contrario, vuelvo a sentirme preocupado, atemorizado. Ya no tengo miedo a que me respondan, ahora temo que no vuelvan aparecer, yo les llamó, les imploro su regreso, porque quiero volver a verme, porque me gustaba saberme vivo aunque imperfecto, porque prefiero mil veces que me engañen con una existencia fingida a que me muestren inexistente, inmaterial, porque desde que no me reflejo en los espejos me siento como un agujero negro, como un soplo perdido de viento, como el hálito de la muerte.

martes, 20 de diciembre de 2005

La decadencia está prohibida

Podías haber decidido hacer otra cosa, pero decides echarte un rato, cerrar los ojos y dedicarte a pensar. Pensar de verdad, no de refilón, no sobre temas ad hoc, improvisados y coyunturales, sino sobre temas eternos, graves.
Si A entonces B y no B, entonces no A.
Te das cuenta de que llevabas tiempo sin hacerlo, sin pensar más allá de tu entorno. Te sientes decadente, te sientes diletante, y un escalofrío de preocupación sube por tus piernas hasta sonrojarte las mejillas.
Tienes que hacer un esfuerzo para llegar a creer que aún te quedan cosas por hacer. Miras allí, en el infinito, donde guardaste tus objetivos. Están un poco oxidados, quizá ya no reluzcan como antes pero sus engranajes siguen en funcionamiento.
Suspiras aliviado y haces el buen propósito de no volver a olvidar quién eres y por qué estás aquí, tanto te costó averiguarlo...
Como todos los buenos propósitos, también este acabará en el cubo de la basura más pronto que tarde.

viernes, 16 de diciembre de 2005

Apología de la locura

Los hay que quieren ser locos incomprendidos capaces de ver más lejos que la gente normal, como a través de unos infrarrojos, la realidad.
Los hay que quieren ser locos diferentes para que la gente normal les mire y se lleven las manos a sus comunes cabezas, para que se escadalicen de lo que tienen delante, de las muestras de atrevimiento, descaro e inconsciencia.
Los hay que quieren ser locos idealistas para acabar, uno a uno, con la gente normal, esa gente tan normal, tan normal, que ni siquiera permite un átimo de diversidad a su alrededor.
Los hay, por contra, que sólo quieren ser incomprendidos por la masa cargada de estulticia, diferentes de la igualdad robótica que extingue la personalidad, idealistas por convicciones tan bellas como lejanas. Saben que siendo así, y aun sin pretenderlo, ya se encargarán los demás, la gente normal y plana, de llamarles locos, uno de los mejores halagos, por cierto, que les puedan dedicar, especialmente viniendo de quien viene.

lunes, 12 de diciembre de 2005

Contraataque

Tan sólo había tomado asiento en el banco para morder con tranquilidad el bocadillo que constituiría su almuerzo después de una mañana de recados y ocupaciones. Las tibias temperaturas acompañaban a los merodeadores del parque y los introducían en una especie de paraíso bucólico. Niños que jugaban a lo lejos, ancianos que paseaban, un mimo allá enfrente, el lejano sonido de un clarinete callejero.
Cómo iba él a saber, él que sólo buscaba unos minutos de calma, que estaba siendo observado por un ejército destructor, decenas de bólidos programados y dispuestos a atacar en cuanto percibieran su objetivo, audaces proyectiles inteligentes que, desplegando sus alas, se lanzarían sobre el bocadillo tan pronto como este viera la luz.
Ojos fijos, miradas escrutadoras, comportamientos diabólicos, ratas con alas que picotean todo lo que encuentran como una plaga de langostas, sin importar si se trata de pan, de basura, de los cuerpos indefensos de sus propias compañeras.
Fueron unos segundos. Sólo quería almorzar, y en unos segundos se vio irremisiblemente rodeado por una bandada impía y voraz de símbolos de la paz dispuestos a matar por unas migajas.
Quiso gritar, pero una de ellas se lanzó en picado sobre su frente gorjeando no sé qué grito de guerra.

viernes, 9 de diciembre de 2005

Teletranspórtate a bajo coste

Pues algunos lo tienen claro, fíjense, qué visionarios. Dicen que al mundo le queda bien poco, qué barbaridad, ¿no?
Dicen que somos siete mil millones o algo así, y la cifra sube de forma imparable (yo recuerdo el nacimiento del bebé cinco mil millones, y no llevo vivo siglos, ni mucho menos, otra cosa sería preguntarse cómo pueden saber que un bebé hace el 5.000.000.000 en un espacio tan vasto como un mundo). La tierra no crece, el número de humanos sí, y llegará el día (¿ha llegado ya?) en que no quepamos.
De modo que se plantean dos opciones. O alguien inventa ya el teletransportador que permite la conquista del Sistema Solar y el establecimiento de colonias en Plutón o esto estalla por alguna parte.
Y dicen algunos, qué pesimistas ellos, que hay más posibilidad de lo segundo que de lo primero.
No sé, igual todo esto no es más que ciencia-ficción, y nada está pasando, o nada nos importa. O igual todos seremos destruidos, qué más da, seguirá sin importarnos, un problema menos por el que preocuparse...
Una opción para una cacotopía futurista: el genoma está tan controlado que los humanos pueden tener treinta años eternamente, si quieren, sin enfermedades ni degeneracíón. Entonces deciden castrar sistemáticamente a todos los habitantes de la tierra y dejar una población fija de varios miles de millones, y no más, que sólo son renovados en circunstancias muy concretas, y por creación de vida artificial. ¿Qué les parece? ¿Improbable? No diría yo tanto...

miércoles, 7 de diciembre de 2005

Hic et nunc

Hemos ido, hemos estado, hemos vuelto al mismo lugar de origen.
¿Y para qué?, diría el cocodrilo tomando el sol en su charca.
Pues para moverse, sólo para moverse, para levantarse una mañana y decir que estás cansado simplemente porque has hecho algo distinto de lo normal, para no derretirse con los pies en el mismo suelo, para no darte cuenta, cuando ya sea demasiado tarde, de que dejaste de cumplir tus deseos por simple pereza, o por miedo, o por cualquier otro sentimiento tan bastardo como superable...
Ahora sí, ahora ya puedo cerrar los ojos en paz, pensar con tranquilidad y descansar un par de días, sólo hasta que se levante el telón del siguiente acto...

viernes, 2 de diciembre de 2005

Morfeo, la Tsé-tsé y los cuatro angelitos que con su aterradora presencia me impiden dormir

Ya va siendo hora de repetir la frase que ya dijo en su momento Séneca, y quizás algunos antes que él, y seguro que muchos después: dormir es una pérdida de tiempo.
La verdad es que no poseemos mucho. Al tiempo, me refiero. Y encima tenemos que gastar al menos un tercio de él en dormir o, lo que es lo mismo, en no hacer nada, en recargar la batería como un vulgar teléfono móvil para, como mucho, despertar con un par de imágenes oníricas dispersas y preocupantes.
Y lo peor es que, por más que lo intentamos, es imposible opitimizar el tiempo de sueño, o reducirlo, con lo cual nuestra vida se queda coja, mutilada tal vez.
- Ha vivido 90 años.
- Pues no. Ha vivido 60 y ha dormido 30. Casi como La Bella Durmiente.
De modo que parece no quedar más opción que aceptar nuestra impotencia e incapacidad en el tema y disfrutar del sueño de la mejor manera posible, que es lo que hay que hacer con las desgracias. Aprender a disfrutarlas.
Dormiré pues, como un bebé, arrullado y feliz, con la conciencia muy tranquila, tal vez esta tarde en una maratoniana siesta, tal vez esta noche mientras conduzco...