Fue el día en que no amaneció a la hora convenida. Llegó la mañana, y la tarde, y la noche, y el día siguiente, y el sol no se dignó a aparecer. Para algunos fue una auténtica catástrofe, para otros una inesperada bendición.
Para todos, por supuesto, fue el suceso más extraño que hubieran presenciado en todas sus vidas.
Los gallos enloquecieron dudando entre su necesidad congénita de cantarle al sol y la ausencia de este a horas desacostumbradas, los búhos sufrieron hondas semanas de insomnio, pues el sol no les invitaba, como solía, a acudir a sus recomendables horas de sueño. Y los humanos...
Los humanos se dividieron en dos. Los que temían las infinitas horas de oscuridad se encerraron en sí mismos y en sus cubículos u hogares. El resto continuó lo que había venido haciendo habitualmente, esto es, vivir de noche, cuando el sol no quema, cuando la luz no ciega, cuando el reloj no es un dictador, cuando no importa cuánto quede para que se cumpla la próxima media hora.
El sol había desistido. Quizá había también decidido hacerse noctámbulo, a ver qué tal se le daba...
lunes, 23 de enero de 2006