Encontré un arcón en mi desván, entre trastos viejos y telas de araña. No recordaba haberlo puesto allí, ni haberlo visto antes, y sin embargo algo en él me resultaba familiar. En su interior habitaban todos los paraísos de los que, por imprudencia o por ignorancia, había sido expulsado este humilde narrador a lo largo de su vida.
Apenas los recordaba, todo debió haber ocurrido muchos siglos atrás, pero el casual reencuentro y mi natural curiosidad me invitaban a volver a visitarlos. Lamentablemente, la entrada a los paraísos estaba franqueada por un guardián irreductible y celoso en el cumplimiento de su deber, de modo que la entrada me fue prohibida.
Volví a ser expulsado, incluso antes de entrar, y todavía hube de soportar la severa reprimenda del guardián, ofendido ante mis insistentes súplicas.
No le reprocho nada, comprendo que era su misión. Yo tampoco tengo, en el fondo, razones para regresar a paraísos que perdí en el pasado.
Simplemente, he de encontrar nuevos paraísos, paraísos míos, mejores que los anteriores, paraísos de los que no pueda ser expulsado por mi comportamiento improcedente...
sábado, 7 de enero de 2006