miércoles, 18 de enero de 2006

Mi lanza clavada en el costado y yo

Al principio fue un pinchazo, un dolor agudo como de mil chinchetas clavándose en la espalda. El tipo se retorció de dolor, hasta casi arrodillarse. ¿Qué había sucedido? Miró a su alrededor. Su entorno continuaba tranquilo, apacible, inalterado. De su costado, sin embargo, brotaba una enorme lanza que se le clavaba entre las costillas, y que empezaba a provocar hemorragias que se traducían en borbotones de sangre que, como lava ardiente, comenzaba a reptar por sus ropas y a alcanzar el suelo.
¿Quién podía haber sido? Intentó averiguar quién podía estar tan trastornado como para ir por ahí lanceándole sin sentido alguno. Busco entre sus conocidos, entre sus enemigos, alguien que pudiera haber planeado tal despropósito. Él sólo pasaba por allí, paseaba para descansar un poco su espíritu...
Llegó a la conclusión de que había sido, sencillamente, una desgracia azarosa. El infortunio se había cebado con él. Era probable que algún desalmado hubiera salido a la calle con la lanza, dispuesto a clavársela al primero que encontrase. Casualmente, le encontró a él, y en el lugar adecuado.
Trató de correr pidiendo ayuda pero el dolor le inmovilizaba. La lanza estaba tan incrustada en sus carnes que era imposible sacarla. Comenzó a buscar, quizá viera a alguien que pudiera ayudarle, y lo único que vio, tan sólo durante milésimas, fue otra lanza que volaba directa a su corazón y se le clavaba profunda y mortalmente. A partir de ahí, y mientras sus ojos se cegaban, sólo pudo intuir el silbido de una tercera lanza que enfilaba, veloz, en dirección a su rostro.