"La paz es el breve período de tiempo transcurrido entre dos guerras".
¿Quién había sido el iluminado autor de esa frase? Daba igual, en el fondo. El guerrero, que había pasado toda su juventud luchando por la paz, ahora se aburría. Podían contarse ya años, lustros de tranquilidad, nadie a quien atacar, nadie por quien ser atacado, nadie con quien sostener unas tensas negociaciones, como se hacía en los viejos tiempos. El guerrero se asomaba a los muros que protegían su ciudad y buscaba en el horizonte con añoranza.
Hasta que un día el guerrero sonrió. Hordas de guerreros se acercaban a la ciudad corriendo desordenadamente y rugiendo con desesperación mientras empuñaban sus armas.
Era necesario defender lo que tanto había costado obtener. Afortunadamente. Porque, pensó el guerrero, los logros que no han de ser defendidos no tienen mérito alguno. Así que echó mano a la espada y miró a sus enemigos. Eran miles, millones y, curiosamente, todos eran iguales entre sí y, al mismo tiempo, iguales al guerrero, perfectos calcos, gemelos idénticos.
El guerrero supo que había de comenzar la lucha más cruenta, la más fratricida de todas, la de uno contra uno mismo. Tenía que salir vencedor si quería llegar a alcanzar la paz.
jueves, 5 de enero de 2006