lunes, 27 de febrero de 2006

Businessman

El joven científico se presentó ante el equipo consultivo de la empresa con un pequeño frasquito de cristal pulido en su mano.
- ¿Ven esto? ¿Saben lo que es? No, claro, ni se lo imaginan. Señores, es un placer para mí anunciarles la invención del elixir de la eterna juventud. Sí, sí, pongan cara de sorpresa, estará justificada. Con sólo tomar este frasco puedo alcanzar la juventud para siempre, señores. ¿Y saben qué es lo mejor? Lo mejor es que no he fabricado más y he destruido la receta. Lo tomaré aquí mismo, y mientras rejuvenezco me reiré de ustedes, usureros ambiciosos, me reiré de sus aplanadas y efímeras vidas, de sus realidades sexagenarias que comienzan a saludar de cerca a la muerte, de sus mentes geriátricas y de sus patéticos intentos de volver atrás en el tiempo. El tiempo es mío, lo tengo en este frasco, y ustedes sólo prodrán verlo descender por mi garganta.
Dicho esto, el científico tragó. Su sonrisa no tardó en desvanecerse, se arrojó al suelo y, retorciéndose de dolor, pereció allí mismo, ante la atenta mirada de los viejos del equipo consultivo. Unos reían, otros se dejaban caer en sus sillones satisfechos, otros brindaban con el fruto de la receta que habían robado del laboratorio y que habían sustituido, a escondidas del científico, por unos mililitros de cianuro.

sábado, 25 de febrero de 2006

La megalomanía es bella

La gente no sabe verlo, pero la megalomanía es bella.
¡Qué enternecedor ver a esos tipos, frágiles en el fondo, cargados de complejos, intentar conquistar las voluntades de los demás, dominar continentes enteros!
¡Qué loable valor, qué capacidad de entrega, de sacrificio! ¡Qué manera de perseguir unos ideales aparentemente inialcanzables!
¿Por qué la consideran una enfermedad? ¿Es acaso negativo para la salud tratar de superarse a sí mismo, a los demás, tratar de ser alguien? ¿Sí? Bueno, entonces casi todos somos enfermos, pues... ¿quién no quiere llegar a conquistar metas más altas de las que le ha proporcionado la vida?
Todos somos megalómanos en potencia.
La clave, para llegar más lejos, es ser más megalómano que los demás...
Les contaré con más detalle esta y otras de mis teorías tan pronto como el mundo esté en mis manos...

lunes, 20 de febrero de 2006

Bohemian like you

- Y entonces... ¿dónde está la verdad? He llegado a pensar que no existe...
- Puede ser que no exista, pero no por eso tienes de dejar de buscarla. En el proceso seguro que extraes conclusiones útiles, y de todos modos nunca sabes...
- Pero... ¿cómo puedo buscar si no me dejan salir de esta prisión? ¿Cómo puedo quebrar sus muros?
- El tiempo lo devora todo, hasta la piedra más firme, hasta las convicciones más fuertes, el tiempo desintegrará tu prisión. Mientras tanto, tienes todo un mundo, dentro de ti, por explorar...
- ¿Y tú por qué estás aquí? ¿Por qué te apresaron?
- No lo sé. Quizá mi único delito ha sido estar vivo.
- Quizá sí, no sé, nunca sabremos la verdad.
- Bueno, tal vez la sabremos algún día, sólo nos queda buscarla.

viernes, 17 de febrero de 2006

Deshojando la margarita (funciona, no funciona...)

Primero fue el horno de la cocina. Habría asegurado que llevaba al menos meses sin funcionar. De hecho, ya apenas recordaba que hubiera funcionado alguna vez, podría jurar que siempre había estado allí como objeto de decoración, para rellenar el hueco bajo los fogones y junto a la despensa. Comenzó a andar repentinamente, porque sí, y calentaba tan bien como el primer día. ¡Qué buenas salieron aquel día las patatas asadas después de tanto tiempo!
Más tarde fue el reloj del abuelo. El relojero había asegurado, con tono de cirujano, un "lo siento, no hemos podido hacer nada por él" justo después de que el tictac dejara de sonar, y de eso hacía años, si es que el tiempo pasa cuando el reloj no lo marca. Comenzó a moverse como si nada, como si despertara de un profundo sueño, primero el segundero, luego el minutero, con requiebros de maquinaria pesada.
En dos días habían vuelto a funcionar el viejo Seat, el televisor en blanco y negro, la consola de primera generación y hasta el sistema de riego del antiguo parque del barrio, el que habían cerrado cuando abrieron el centro comercial. Todos los aparatos renacían en un estallido de vida sin precedentes.
Llegó un punto en el que comenzaron a rebrotar las semillas desecadas, en el que las flores mustias reabrieron sus pétalos con juvenil lozanía. Incluso el gran árbol del bosque, el que el año anterior había perecido por el efecto de un rayo demoledor, comenzó a mostrar pequeñas briznas de un verde esperanzador.
Fue por aquel entonces, en este caos de resurgir de la vida, cuando los muertos comenzaron a salir de sus tumbas y a reclamar su lugar en el mundo.

lunes, 13 de febrero de 2006

La gran conjunción

Levanto la vista y miro a mi alrededor. Por toda la habitación flotan los lexemas. Son cientos, miles, y se mueven con exasperante lentitud, como inmersos en un atmósfera ingrávida.
Buscan morfemas con los que acoplarse, y los divisan allí a lo lejos, en una esquina de la habitación. Apuntan hacia ellos sus proas y se encaminan en su dirección. Cuando colisionan se produce el desastre. Lexemas y morfemas se unen en cópulas desenfrenadas de creación y conjunción, a veces de dos o tres elementos. En ocasiones son tantos los lexemas y morfemas implicados que la escena deviene una orgía sintagmática de singular belleza estética, pero de aterradora magnitud.
Me paso las manos por los ojos. Creo que llevo demasiadas horas seguidas escribiendo. Necesito descansar mi mente, tal vez dormir un poco, volver a dejar que las ideas se ordenen en mi cabeza...

viernes, 10 de febrero de 2006

Días aciagos

No hace mucho tuve uno de ellos, uno de esos días aciagos. Sobrevienen cuando menos te lo esperas, como los catarros, y siempre de forma inoportuna.
Al despertar parece un día normal, tuvo transcurre como debiera hacerlo, las perspectivas para la jornada no van más allá de lo correcto. A las pocas horas comienzas a sentirte cansado, sin ganas, abatido por un par de contratiempos sin importancia que han hecho de tu mañana un período de tiempo desagradable.
Cuando quieres darte cuenta, tus fuerzas han decidido dejar de responderte y aún te queda medio día por delante. Levantas la cabeza y compruebas que una nubecilla negra te sigue a todas partes, a ti, sólo a ti, descargando sobre tu cabeza kilolitros de agua de lluvia.
A partir de ese momento, cualquier cosa puede pasar, desde una avería en el coche a una tonta caída contra el suelo, pasando, por supuesto, por el más absoluto fracaso en todas las actividades que emprendas. Comienzas a dudar de ti mismo, a preguntarte si no serás tú el culpable de la situación, si eres tú quien transmite mal karma o es la veleidosa diosa Fortuna la que ha decidido darte la espalda. Lo único que se te ocurre es irte a la cama tempranito, dormir doce horas y desear que al abrir los ojos todo haya pasado.
Aún así, no bajes la guardia, pues hasta que el sueño se apodere de tus párpados todavía quedan desastres por soportar...
Es bueno saber, no obstante, que los peores momentos suelen ser, o eso esperas, víspera de grandes resurgimientos...

martes, 7 de febrero de 2006

Autofagia

Me ha pasado algo muy curioso esta mañana.
Estaba yo cortando cebolla y el cuchillo ha decidido adentrarse en terrenos indebidos, de modo que he terminado por cortarme el dedo. Más tarde he pensado que quizá fuera una actuación mía, inconsciente, o subconsciente, que suena aún más siniestro, tal vez mi psique haya decidido que, puestos a llorar, mejor llorar por alguna causa justificada, y no por algo tan irrelevante como pelar una cebolla. El caso es que mi sangre ha bañado la hortaliza dándole una apariencia sincera de remolacha.
He mirado mi dedo, ahí, sobre el mostrador de la cocina. Me gustaría poder decir que se retorcía como el rabo de una lagartija, pero de hacerlo estaría faltando a la verdad. En realidad yacía inerte, abocado a un fin indeseable, suplicando la clemencia que supone una muerte digna y rápida, así que lo he arrojado al sofrito junto con un par de dientes de ajo, la cebolla teñida de rojo y un culín de aceite de girasol.
Luego estaba realmente bueno, comerse un dedo es algo parecido a devorar un muslito de pollo. Eso sí, la clave está en la salsa, ya se sabe.

sábado, 4 de febrero de 2006

Crónica de las opiniones ajenas

Es realmente útil pensar, no cabe duda, y llegar a conclusiones, y tener una opinión formada sobre el mayor número de temas posibles, por supuesto, aunque no por ello deja de ser aconsejable que esas opiniones sean fundamentadas (las opiniones ignorantes no son opiniones, son disparos al aire), variables (las situaciones cambian, los individuos también y por lo tanto lo que hoy te parece negro mañana puede ser de un blanco radiante o, más probablemente, teñirse de infinitos matices grises) y presentadas con cuentagotas, sólo en el momento y la compañía determinada (quien opina constantemente y sin criterio, una y otra vez y ante diferentes auditorios, termina por sostener un discurso contradictorio y agotado).
Pero también es útil escuchar. Los demás, a veces, también tienen opiniones que merece la pena recoger y atesorar como un objeto valioso, argumentos que, moldeados convenientemente y con el indispensable toque personal, pueden llegar a enriquecer tus propias opiniones, desviarlas ligeramente, redirigirlas, alterarlas de forma sustancial. A veces (y sólo a veces, ojo) es productivo callar y escuchar, escuchar qué dicen los otros, y por qué, y extraer conclusiones que no han de hacerse públicas inmediatamente, que han de fermentar en el interior, que son las semillas de los grandes procesos ideológicos.