Me ha pasado algo muy curioso esta mañana.
Estaba yo cortando cebolla y el cuchillo ha decidido adentrarse en terrenos indebidos, de modo que he terminado por cortarme el dedo. Más tarde he pensado que quizá fuera una actuación mía, inconsciente, o subconsciente, que suena aún más siniestro, tal vez mi psique haya decidido que, puestos a llorar, mejor llorar por alguna causa justificada, y no por algo tan irrelevante como pelar una cebolla. El caso es que mi sangre ha bañado la hortaliza dándole una apariencia sincera de remolacha.
He mirado mi dedo, ahí, sobre el mostrador de la cocina. Me gustaría poder decir que se retorcía como el rabo de una lagartija, pero de hacerlo estaría faltando a la verdad. En realidad yacía inerte, abocado a un fin indeseable, suplicando la clemencia que supone una muerte digna y rápida, así que lo he arrojado al sofrito junto con un par de dientes de ajo, la cebolla teñida de rojo y un culín de aceite de girasol.
Luego estaba realmente bueno, comerse un dedo es algo parecido a devorar un muslito de pollo. Eso sí, la clave está en la salsa, ya se sabe.
martes, 7 de febrero de 2006