Es realmente útil pensar, no cabe duda, y llegar a conclusiones, y tener una opinión formada sobre el mayor número de temas posibles, por supuesto, aunque no por ello deja de ser aconsejable que esas opiniones sean fundamentadas (las opiniones ignorantes no son opiniones, son disparos al aire), variables (las situaciones cambian, los individuos también y por lo tanto lo que hoy te parece negro mañana puede ser de un blanco radiante o, más probablemente, teñirse de infinitos matices grises) y presentadas con cuentagotas, sólo en el momento y la compañía determinada (quien opina constantemente y sin criterio, una y otra vez y ante diferentes auditorios, termina por sostener un discurso contradictorio y agotado).
Pero también es útil escuchar. Los demás, a veces, también tienen opiniones que merece la pena recoger y atesorar como un objeto valioso, argumentos que, moldeados convenientemente y con el indispensable toque personal, pueden llegar a enriquecer tus propias opiniones, desviarlas ligeramente, redirigirlas, alterarlas de forma sustancial. A veces (y sólo a veces, ojo) es productivo callar y escuchar, escuchar qué dicen los otros, y por qué, y extraer conclusiones que no han de hacerse públicas inmediatamente, que han de fermentar en el interior, que son las semillas de los grandes procesos ideológicos.
sábado, 4 de febrero de 2006