viernes, 10 de febrero de 2006

Días aciagos

No hace mucho tuve uno de ellos, uno de esos días aciagos. Sobrevienen cuando menos te lo esperas, como los catarros, y siempre de forma inoportuna.
Al despertar parece un día normal, tuvo transcurre como debiera hacerlo, las perspectivas para la jornada no van más allá de lo correcto. A las pocas horas comienzas a sentirte cansado, sin ganas, abatido por un par de contratiempos sin importancia que han hecho de tu mañana un período de tiempo desagradable.
Cuando quieres darte cuenta, tus fuerzas han decidido dejar de responderte y aún te queda medio día por delante. Levantas la cabeza y compruebas que una nubecilla negra te sigue a todas partes, a ti, sólo a ti, descargando sobre tu cabeza kilolitros de agua de lluvia.
A partir de ese momento, cualquier cosa puede pasar, desde una avería en el coche a una tonta caída contra el suelo, pasando, por supuesto, por el más absoluto fracaso en todas las actividades que emprendas. Comienzas a dudar de ti mismo, a preguntarte si no serás tú el culpable de la situación, si eres tú quien transmite mal karma o es la veleidosa diosa Fortuna la que ha decidido darte la espalda. Lo único que se te ocurre es irte a la cama tempranito, dormir doce horas y desear que al abrir los ojos todo haya pasado.
Aún así, no bajes la guardia, pues hasta que el sueño se apodere de tus párpados todavía quedan desastres por soportar...
Es bueno saber, no obstante, que los peores momentos suelen ser, o eso esperas, víspera de grandes resurgimientos...