Primero fue el horno de la cocina. Habría asegurado que llevaba al menos meses sin funcionar. De hecho, ya apenas recordaba que hubiera funcionado alguna vez, podría jurar que siempre había estado allí como objeto de decoración, para rellenar el hueco bajo los fogones y junto a la despensa. Comenzó a andar repentinamente, porque sí, y calentaba tan bien como el primer día. ¡Qué buenas salieron aquel día las patatas asadas después de tanto tiempo!
Más tarde fue el reloj del abuelo. El relojero había asegurado, con tono de cirujano, un "lo siento, no hemos podido hacer nada por él" justo después de que el tictac dejara de sonar, y de eso hacía años, si es que el tiempo pasa cuando el reloj no lo marca. Comenzó a moverse como si nada, como si despertara de un profundo sueño, primero el segundero, luego el minutero, con requiebros de maquinaria pesada.
En dos días habían vuelto a funcionar el viejo Seat, el televisor en blanco y negro, la consola de primera generación y hasta el sistema de riego del antiguo parque del barrio, el que habían cerrado cuando abrieron el centro comercial. Todos los aparatos renacían en un estallido de vida sin precedentes.
Llegó un punto en el que comenzaron a rebrotar las semillas desecadas, en el que las flores mustias reabrieron sus pétalos con juvenil lozanía. Incluso el gran árbol del bosque, el que el año anterior había perecido por el efecto de un rayo demoledor, comenzó a mostrar pequeñas briznas de un verde esperanzador.
Fue por aquel entonces, en este caos de resurgir de la vida, cuando los muertos comenzaron a salir de sus tumbas y a reclamar su lugar en el mundo.
viernes, 17 de febrero de 2006