"(...) llegó un momento en mi vida en el que la rutina se apoderó de mí de tal forma que sentí la necesidad imperiosa de abandonarla, de buscar nuevas metas, de dedicar mi tiempo a perseguir las respuestas que desde siempre me había estado haciendo. (...) No me dolió lo más mínimo dejar mi trabajo, a mis colegas, a mis jefes. Tampoco ellos mostraron el menor gesto de melancolía en la despedida. (...) Siempre me había preguntado qué sucedía con las moscas cuando morían. No era una pregunta por el más allá, era más bien una cuestión física... Si en el mundo sobreviven unos seis mil millones de seres humanos, el número de moscas que sobrevuelan la atmósfera debe de ser casi infinito, y más cuando su población se regenera casi a diario, pues la vida de una mosca común apenas sobrepasa las cincuenta horas. Se trataba de encontrar el lugar donde ocultaban los cadáveres, porque no es nada fácil encontrar sobre el suelo una mosca fallecida de muerte natural. (...) Comprobé la longevidad de los especímenes. Imaginé un mundo poblado por una gruesa capa de cadáveres de insectos en descomposición, miles de miles de trillones de restos quitinosos sobre los que caminaríamos en convivencia amable. Decidí colocar un rastreador en varios especímenes. Sólo así sabría dónde acaba, en libertad, la vida de una mosca..."
Extracto del Diario de investigación del Doctor Luciano Aparicio, antes de su muerte, el 23 de marzo de 1956. Las investigaciones quedaron, como la vida del doctor, inconclusas.
lunes, 29 de mayo de 2006
viernes, 26 de mayo de 2006
Tan lejos, tan cerca...
Intentó huir tan, tan lejos, que terminó por dar un giro completo y volver al punto de partida. Entonces comprendió que era mejor caminar hacia un sitio que hacerlo huyendo de él.
Buscó el lugar más alejado del universo. Iría allí, avanzaría con calma y cada paso que diese le acercaría más a su destino. Lo que dejaba atrás no sería más que una ínfima mancha en el horizonte que se dibujaba a su espalda.
Terminó por encontrar ese lugar dentro de sí mismo. ¿Hay acaso algún lugar más inaccesible? Mientras preparaba el equipaje, se olvidó de que su pasado derramaba ya sus primeras lágrimas de despedida...
Buscó el lugar más alejado del universo. Iría allí, avanzaría con calma y cada paso que diese le acercaría más a su destino. Lo que dejaba atrás no sería más que una ínfima mancha en el horizonte que se dibujaba a su espalda.
Terminó por encontrar ese lugar dentro de sí mismo. ¿Hay acaso algún lugar más inaccesible? Mientras preparaba el equipaje, se olvidó de que su pasado derramaba ya sus primeras lágrimas de despedida...
lunes, 22 de mayo de 2006
Ring, ring
Suena mi teléfono móvil. Juraría que lo había dejado en silencio, pero debo de estar equivocado, porque es evidente que suena. Afortunadamente, no desata ninguna de esas demenciales sintonías con las que la gente moderna recibe las llamadas de los demás, sino que muestra un ring, ring tan clásico y austero que parece inventado por el propio Alexander Graham Bell, el inventor del artilugio.
Mientras me sorprendo por la paradoja de que un tipo llamado "Bell" invente un aparato que se sirve de un timbre para funcionar y me pregunto si se sentiría identificado con los cacharritos que se fabrican ahora, descuelgo (perdón, pulso el botón de ON) y pregunto quién es.
Soy yo. Al menos, es mi propia voz la que me responde, y con tanta frescura y capacidad de diálogo que renuncio de inmediato a creer en grabaciones o reproducciones artificiales de sonido.
Si hablo yo, será que estoy en otro lugar, aparte de este, ¿no? Trato de preguntarle al yo que se encuentra al otro lado de la línea (perdón, del satélite de comunicaciones), pero me contesta que me deje de sandeces metafísicas y que tiene algo realmente importante que decirme.
Que quedamos a las cinco donde yo ya sé.
Ha colgado (perdón, pulsado el OFF) y yo no tengo ni idea de qué sitio es ese. Aunque, si el del otro lado era también yo, se supone que yo sé dónde he quedado, ¿no?
Igual debería llamarle para confirmar el lugar de la cita. Ah, imposible, era un número oculto. Mecachis. Es que no hay nada como las operadoras de antes, eran tan amables y tan eficientes...
Mientras me sorprendo por la paradoja de que un tipo llamado "Bell" invente un aparato que se sirve de un timbre para funcionar y me pregunto si se sentiría identificado con los cacharritos que se fabrican ahora, descuelgo (perdón, pulso el botón de ON) y pregunto quién es.
Soy yo. Al menos, es mi propia voz la que me responde, y con tanta frescura y capacidad de diálogo que renuncio de inmediato a creer en grabaciones o reproducciones artificiales de sonido.
Si hablo yo, será que estoy en otro lugar, aparte de este, ¿no? Trato de preguntarle al yo que se encuentra al otro lado de la línea (perdón, del satélite de comunicaciones), pero me contesta que me deje de sandeces metafísicas y que tiene algo realmente importante que decirme.
Que quedamos a las cinco donde yo ya sé.
Ha colgado (perdón, pulsado el OFF) y yo no tengo ni idea de qué sitio es ese. Aunque, si el del otro lado era también yo, se supone que yo sé dónde he quedado, ¿no?
Igual debería llamarle para confirmar el lugar de la cita. Ah, imposible, era un número oculto. Mecachis. Es que no hay nada como las operadoras de antes, eran tan amables y tan eficientes...
viernes, 19 de mayo de 2006
"Me duele la cabeza"
- "Me duele la cabeza" - llegó a pronunciar, tras innumerables esfuerzos.
Desafortunadamente, ninguno de los que estaban a su alrededor hizo el más mínimo movimiento para aliviar su situación.
Aquello fue escasos minutos antes de que su cráneo estallara en mil pedazos y los trocitos de blando seso salpicaran las paredes, estamparan los vidrios de la ventana y mancharan las corbatas de aquellos que antes ignoraban y ahora lamentaban el estado de su compañero.
De los fragmentos cerebrales brotaban a borbotones unas pocas ideas agonizantes. Es lo que tienen los cerebros, instinto de supervivencia.
Algunos se apercibieron y se acercaron a recoger las ideas del compañero y guardarlas en el bolsillo de sus camisas de seda, junto a la pluma y al mechero. Ya no eran ideas de nadie, quien llegara primero se las quedaría, y sin duda el jefe sabría valorarlas convenientemente...
Desafortunadamente, ninguno de los que estaban a su alrededor hizo el más mínimo movimiento para aliviar su situación.
Aquello fue escasos minutos antes de que su cráneo estallara en mil pedazos y los trocitos de blando seso salpicaran las paredes, estamparan los vidrios de la ventana y mancharan las corbatas de aquellos que antes ignoraban y ahora lamentaban el estado de su compañero.
De los fragmentos cerebrales brotaban a borbotones unas pocas ideas agonizantes. Es lo que tienen los cerebros, instinto de supervivencia.
Algunos se apercibieron y se acercaron a recoger las ideas del compañero y guardarlas en el bolsillo de sus camisas de seda, junto a la pluma y al mechero. Ya no eran ideas de nadie, quien llegara primero se las quedaría, y sin duda el jefe sabría valorarlas convenientemente...
lunes, 15 de mayo de 2006
La crisis de adolescencia del germen Germán
Germán era un joven germen mortal que dedicaba su vida a esperar el momento de atacar a los tontos humanos. Podía licuar sus órganos en escasas horas, lo cual era, según decían los gérmenes más expertos, la mar de divertido.
Sucede que, por su juventud y evidente altruismo, Germán empezó a sentirse culpable por el daño que infringía en sus víctimas. Lo pasó tan mal que intentó suicidarse devorando sus propios órganos en una especie de sacrificio ejemplar que no funcionó, particularmente porque él era un organismo unicelular, y los organismos unicelulares carecen de órganos que licuar.
Tuvo que hablar con otros gérmenes mayores, hasta que estos le dijeron que no había razones para sentir ningún tipo de culpa, que esa era su misión y que lo que le pasaba no era más que una crisis de adolescencia.
Germán quedó algo confuso. ¿Qué sería de su vida a partir de entonces? Se preparó, mientras, para darse su primer festín de tejidos humanos. Seguro que sería el primero de muchos...
Sucede que, por su juventud y evidente altruismo, Germán empezó a sentirse culpable por el daño que infringía en sus víctimas. Lo pasó tan mal que intentó suicidarse devorando sus propios órganos en una especie de sacrificio ejemplar que no funcionó, particularmente porque él era un organismo unicelular, y los organismos unicelulares carecen de órganos que licuar.
Tuvo que hablar con otros gérmenes mayores, hasta que estos le dijeron que no había razones para sentir ningún tipo de culpa, que esa era su misión y que lo que le pasaba no era más que una crisis de adolescencia.
Germán quedó algo confuso. ¿Qué sería de su vida a partir de entonces? Se preparó, mientras, para darse su primer festín de tejidos humanos. Seguro que sería el primero de muchos...
viernes, 12 de mayo de 2006
La punta del iceberg
Quiero que sepan, estimados compañeros, que en los malos momentos, cuando las cosas se tuercen hasta casi quebrarse, cuando no parece vislumbrarse una salida, cuando no es un ejercicio de pesimismo hiperbólico considerarse un fracasado ejemplar, cuando lo único que apetecería sería encerrarse en la madriguera y esperar que, con suerte, la siguiente primavera no floreciera nunca, en los instantes de mayor desconsuelo, esos en los que el odio al prójimo surge de forma espontánea, natural, como la vida tras la putrefacción, entonces, incluso entonces, quiero que sepan que sus desdichas no serán más que la punta del iceberg, que sus sufrimientos no han hecho más que comenzar y que todo, absolutamente todo, puede ser peor y, de hecho, es más que probable que llegue a serlo.
¿Que qué tienen que hacer para evitarlo? Buah, encima que les planteo el problema no pretenderán encima que les muestre la solución, ¿verdad?
¿Que qué tienen que hacer para evitarlo? Buah, encima que les planteo el problema no pretenderán encima que les muestre la solución, ¿verdad?
lunes, 8 de mayo de 2006
Fantasía borgiana
Tengo una fantasía en la que entro en una inmensa biblioteca repleta de anaqueles y estanterías. La sala parece infinita, y los volúmenes se apilan hasta donde alcanza la vista. Mi corazón comienza a acelerar su ritmo excitado ante la posibilidad de encontrar, en aquel maremagnum de tinta y papel, ejemplares únicos, incunables, manuscritos esclarecedores, rarezas bibliográficas dignas de museo. La posibilidad de sumergirme en mundos pasados me apasiona. Estoy convencido de que uno de aquellos libros cambiará mi vida y me mostrará la verdad sobre las cosas, y no quiero dejar pasar la oportunidad.
Elijo uno, al azar. Lamento poderosamente comprobar que se trata de un libro de apenas tres años de antigüedad, un best-seller que vendió toneladas en su momento pero que ahora casi nadie recuerda. Con una mueca de disgusto ante la ruptura del hechizo recojo el siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente.
La biblioteca es infinita, pero juraría haberla recorrido prácticamente entera. No he encontrado nada que mereciera la pena. No sabía que pudiera existir tanta literatura banal y superficial. Debo encontrarme en la biblioteca de los best-sellers perdidos.
Ya me extrañaba que la buena literatura ocupara una infinitud de estanterías. Lo bueno es escaso, tendría que haberlo supuesto...
Elijo uno, al azar. Lamento poderosamente comprobar que se trata de un libro de apenas tres años de antigüedad, un best-seller que vendió toneladas en su momento pero que ahora casi nadie recuerda. Con una mueca de disgusto ante la ruptura del hechizo recojo el siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente.
La biblioteca es infinita, pero juraría haberla recorrido prácticamente entera. No he encontrado nada que mereciera la pena. No sabía que pudiera existir tanta literatura banal y superficial. Debo encontrarme en la biblioteca de los best-sellers perdidos.
Ya me extrañaba que la buena literatura ocupara una infinitud de estanterías. Lo bueno es escaso, tendría que haberlo supuesto...
viernes, 5 de mayo de 2006
Utopía
Concibió una utopía y se propuso darle forma. Dedicó a ello días, años, lustros enteros de trabajo y dedicación exclusiva, creando, modelando, formulando hipótesis y poniéndolas en práctica en su realidad imaginada. Compuso un conjunto de realidad tan bello que ni los seres más perfectos de cualquiera de las constelaciones hubieran sido capaces de llevarlo a buen término.
La utopía perfecta necesitaba actores perfectos para ser representada.
Comenzó, entonces, a rebajar pretensiones, a limar las agudas aristas de su creación. La utopía, si no era verosímil, no era útil, pensaba, aunque, por otra parte, la utopía, si no era perfecta, no era utópica.
Cuando se quiso dar cuenta, cuando comprendió que la utopía no existía, cuando se cansó de construir castillos en el aire, ya era demasiado tarde. Había perdido demasiado tiempo, y no sabía hacer otra cosa.
Volvió, pues a la utopía original.
Y disfrutó como un niño imaginándola.
La utopía perfecta necesitaba actores perfectos para ser representada.
Comenzó, entonces, a rebajar pretensiones, a limar las agudas aristas de su creación. La utopía, si no era verosímil, no era útil, pensaba, aunque, por otra parte, la utopía, si no era perfecta, no era utópica.
Cuando se quiso dar cuenta, cuando comprendió que la utopía no existía, cuando se cansó de construir castillos en el aire, ya era demasiado tarde. Había perdido demasiado tiempo, y no sabía hacer otra cosa.
Volvió, pues a la utopía original.
Y disfrutó como un niño imaginándola.
lunes, 1 de mayo de 2006
El sueño de la razón
Comenzó el artista a crear, como se había propuesto, el monstruo más terrible. Ni cien Leviatanes, ni mil Minotauros, Cíclopes o Tifones en formación conjunta y dispuestos a atacar provocarían un pavor semejante.
Cansado estaba de buscar la belleza, de picar y pulir el grueso mármol en busca del deleite de los sentidos, de participar del éxtasis de la comunidad artística. Crearía la obra más abominable, horrenda y temible de la historia del ser humano, un monstruo que parecería tan real que haría zozobrar al ánimo más firme, a la voluntad más poderosa.
Al concluir su trabajo, el artista no pudo evitar una mueca de disgusto. El producto de sus manos era tan perfecto, el monstruo marmóreo que se erguía ante él provocaba un temor tan intenso, tan real, que el artista tuvo que admitir que su creación era, contrariamente a su intención, de una belleza sin igual, de una fealdad deslumbrante, tan horrorosa que tocaba, con su mera existencia, la perfección.
Decidió llevársela consigo, del taller a su propia casa, y no dejar de observarla en toda la noche.
A la mañana siguiente, junto al lecho donde yacía el cadáver del artista cubierto de sangre y desgarrado como un trapo viejo, un pedestal del mármol, vacío, recordaba que sobre él debió de haber existido, en algún momento, una figura esculpida...
Cansado estaba de buscar la belleza, de picar y pulir el grueso mármol en busca del deleite de los sentidos, de participar del éxtasis de la comunidad artística. Crearía la obra más abominable, horrenda y temible de la historia del ser humano, un monstruo que parecería tan real que haría zozobrar al ánimo más firme, a la voluntad más poderosa.
Al concluir su trabajo, el artista no pudo evitar una mueca de disgusto. El producto de sus manos era tan perfecto, el monstruo marmóreo que se erguía ante él provocaba un temor tan intenso, tan real, que el artista tuvo que admitir que su creación era, contrariamente a su intención, de una belleza sin igual, de una fealdad deslumbrante, tan horrorosa que tocaba, con su mera existencia, la perfección.
Decidió llevársela consigo, del taller a su propia casa, y no dejar de observarla en toda la noche.
A la mañana siguiente, junto al lecho donde yacía el cadáver del artista cubierto de sangre y desgarrado como un trapo viejo, un pedestal del mármol, vacío, recordaba que sobre él debió de haber existido, en algún momento, una figura esculpida...