viernes, 28 de abril de 2006

La verdad sobre nosotros mismos

"... y me dicen que sí, que ahora el cerebro humano resulta que utiliza un porcentaje mayor del 10% tradicionalmente aceptado, lo dice un estudio, así me lo aseguran, pero me da igual, yo no me lo creo, y no lo hago porque nunca creí en los estudios, un estudio lo puede hacer cualquiera, de modo que mejor no elevarlo a ley científica, especialmente en temas indemostrables, un diez por ciento ya estaba bien, sobre todo si tenemos en cuenta que la gente no utiliza más el cerebro ahora, más bien al contrario, el cerebro está quedando obsoleto, como los coches de caballos, el lápiz y el papel o las radios de galena, es lo que tiene el progreso, ya hay cacharritos que piensan por nosotros, de modo que si ahora dicen que utilizamos un mayor porcentaje será porque el cerebro tiene menos potencial del que pensábamos, si aumenta el cociente sin aumentar el dividendo será entonces que el divisor ha disminuido, digo yo, que tampoco sé mucho de esto, es realmente triste, ahora resulta que nuestro cerebro tampoco vale para tanto, jo, hasta está dejando de darme remoridimientos el asunto ese de la quema indiscriminada de neuronas, y qué más da, al fin y al cabo..."

lunes, 24 de abril de 2006

Una biografía universal

Un género deprimente, el de la biografía. A caballo entre la literatura y la historia, una biografía es una sucesión de fechas y acontecimientos importantes para otros. De este modo, cuanto más importante o destacada sea la persona biografiada, más desciende al mismo tiempo la autoestima del lector, pues es inevitable compararse, de alguna manera, con el protagonista de hechos tan trascendentales para comprobar, con decepción, que la vida propia no alcanza el más mínimo interés.
Una buena biografía, no una biografía parcial, sino una biografía completa, abarca toda una vida, esto es, comienza con el nacimiento y termina con la muerte. Se trata de un género, por consiguiente, cuyas obras acaban, indefectiblemente, con la muerte del protagonista. Como las buenas películas, claro, aunque en éstas el final pretende ser, al menos, sorprendente.
Reducidas, por otra parte, a un esquematismo temático, una biografía no dista mucho del ciclo de vida de una cucachara. Los protagonistas nacen, crecen, actúan, se reproducen en su caso y se extinguen sin remisión dejando, como mucho, vástagos herederos y recuerdos en las memorias de unos pocos.
Nunca escribiría, por tanto, una autobiografía, o unas memorias. Especialmente porque no serían completas a no ser que las escribiera desde la tumba, o con un pie en la tumba y otro en vida, lo cual es aún más deprimente. Ahondar en las vidas de otros es tan triste como triste puede llegar a ser, en definitiva, ahondar en la de uno mismo...

viernes, 21 de abril de 2006

Pleased to meet you

Si llega a saber que iba a resultar tan fácil, lo hubiera hecho mucho antes. ¿Por qué la gente no se lanza a venderle su alma al diablo? A fin de cuentas, no la usan para nada, no sacan partido de ella, la llevan como una pesada e insoportable carga de pecados, falsos arrepentimientos y remordimientos. La contaminan con su detestable devenir por la vida.
El diablo las acepta encantado y les da una utilidad definida. ¿Qué mejor sitio que el infierno para pasar las largas vacaciones post mortem? Por otro lado, era bastante evidente que iba a terminar allí tarde o temprano, así que para qué andarse con rodeos cuando la autopista principal es cómoda y el precio que hay que pagar por transitarla no es tan elevado...
Y, mientras esperaba tostarse al sol en las cálidas playas de las profundidades del averno, miraba a los demás por encima del hombro. Su vida tenía fecha de caducidad, pero hasta entonces estaría asegurada por la mejor de las compañías y, de este modo, iba a llegar a ser muy, muy feliz y poderoso como sólo quienes no tienen alma pueden llegar a ser.

martes, 18 de abril de 2006

Trastorno obsesivo-compulsivo

Nada más cerrar la puerta, el genio tuvo una extraña sensación.
Inmediatamente, se palpó el bolsillo del pantalón. Allí estaba su diente de ballena de la suerte. En el forro de su chaqueta estaban, como era su obligación, el condensador de ilusiones y el controlador de efectos climáticos. Llevaba igualmente sus gafas captadoras de disgustos, su cerilla de combustión eterna y su alambre infinitesimal. ¿Por qué tenía entonces la sensación de haber olvidado algo?
Miró hacia atrás como quien repasa un pasado lleno de incertidumbres. La lámpara maravillosa que le servía de hogar nunca había estado tan reluciente. ¿Y si había dejado encendida la llave del gas, o la luz del baño? Quizá debería volver a comprobarlo...
Cuando quiso abrir y se dio cuenta de que había olvidado la llave en la mesilla del salón se sintió desfallecer. Él, el genio, sin poder entrar en su lámpara maravillosa.
Jamás se le ocurriría pedirse un deseo a sí mismo, por supuesto, ya sabía de las nefastas consecuencias que los deseos traían a los incautos que entraban en su juego. Y mucho menos solicitaría la ayuda de un cerrajero, a saber el número de deseos que podría pedirle a cambio.
Se retiró con la cabeza baja y arrastrando los pies. Funesto destino, el de los privilegiados. Ahora tendría que buscarse otra vivienda, tal vez una litrona de cerveza...
Mientras dejaba atrás su querida lámpara, el condensador de ilusiones comenzaba a gotear aceite y las gafas captadoras de disgustos brillaban como el interior de una discoteca setentera...

martes, 11 de abril de 2006

Mamá, quiero ser médium

Yo, contrariamente al resto de la gente, necesito pruebas para instalarme en el escepticismo.
Siempre he creído en fantasmas, lo admito, y siempre he esperado el momento en el que un espíritu se me aparecería y me haría una revelación. La gente normalmente no cree en ellos hasta que sus experiencias le obligan a admitir su existencia, pero mi caso es, exactamente, el inverso. Yo, que siempre he tenido una fe ciega en lo paranormal, estoy empezando a perderla por falta de pruebas.
Toda una vida mirando tras las puertas, en los espejos, tras las esquinas, poniendo psicofonías, convocando al diablo y sus acólitos para no recibir respuesta alguna tenían que mermar, necesariamente, la fuerza de mis convicciones.
¿A qué esperan para dárseme a conocer? Practicaría la ouija, pero eso sería como salir a buscarlos, le haría perder todo el encanto a la situación. Sería como si te tocara el euromillón después de haber comprado un boleto: excitante, pero posible. Prefiero que vengan a mí, sin que yo tenga que ir a buscarlos, que me toque la loto sin haber participado, sentirme por una vez un verdadero elegido...
¡Fantasmas del mundo, uníos!

viernes, 7 de abril de 2006

Uno entre un millón

Entre los placeres de los que nos permite disfrutar el mundo moderno, ninguno tan completo y satisfactorio como el poco valorado placer de hacer cola.
¿Se han fijado en lo que supone guardar cola durante minutos, horas, días enteros? Supone un acto supremo de civismo, de máxima educación, de respeto por los que están delante y por el ser humano en general; supone al mismo tiempo, una reafirmación de la propia personalidad y del individuo como miembro del grupo (¿quién podría sentirse maltratado, marginado o infravalorado siendo uno más en una cola milenaria?); supone un reforzamiento de la conciencia colectiva y una prueba de vida (sólo los vivos pueden guardar cola, por supuesto).
Muchos ya lo saben, y se dedican a hacer cola, aquí y allí, continuamente. Yo mismo me he hecho guardador de cola profesional, y mi misión consiste en ser uno entre muchos, en formar en línea compacta que espere pacientemente su turno, en llegar, extático de alegría, al principio de la cola y recibir el justo premio a mis horas de espera.
¿Existe acaso una mejor manera de sentirse realizado?

lunes, 3 de abril de 2006

Dejad que los duendes se acerquen a mí

Hubo un tiempo en que los duendes pululaban a mi alrededor y me susurruban al oído palabras que, con su vocecita de niño tímido, yo no podía entender.
No sé si fue por mi escasa capacidad de comprensión, o porque perdí interés para ellos, o simplemente porque tenía que ser así, el caso es que los duendes desaparecieron. Hasta ayer, claro.
Volvieron sin avisar, como a ellos les gusta, y sin necesidad de psicofonía alguna. Esta vez se han traído a unos amigos, de modo que ahora sus voces son tan numerosas que apenas caben en mi cabeza, y la suma de sus susurros tan atronadora que me siento reventar.
Lo peor es que sigo sin poder comprender lo que dicen. Poco a poco, no obstante, siento que capto el significado de algunas palabras sueltas. Sobre todo cuando oigo a los duendecillos verdes. Son éstos los que hablan con más claridad. Me piden, en tono autoritario, aunque educado, que me detenga y me eche a un lado...