Decidieron que los días grises y las lágrimas acostumbradas desaparecerían para siempre. Le darían una oportunidad a la risa aún sin quebrar, a las ilusiones emergentes, a la vida.
Decidieron mirar el mundo a través de unas lentes de color de rosa.
Y era bonito.
Desafortunadamente, la realidad se encontraba más allá de las lentes, y el rosa no era, precisamente, su color favorito.
lunes, 28 de agosto de 2006
lunes, 21 de agosto de 2006
Simultaneidad y multiplicidad
"Ya sé que nos es imposible percibir un suceso en el mismo momento en que ocurre. Ya sé que la simultaneidad es una ficción, que la luz que nos trae la visión necesita un tiempo para recorrer un trayecto, que cuanto más cerca ocurra antes lo veremos, pero nunca al mismo tiempo. No pretendo refutar a Einstein (probablemente lo harán otros), tan sólo echar a volar mi imaginación por encima de la dictadura del tiempo.
Ya sé que cada partícula de materia es irrepetible, que no existen dos átomos iguales, que el universo es tan eterno y sus moléculas tan cuantiosas que las probabilidades de reproducir dos seres en puntos distantes son tan ínfimas que se consideran despreciables. No pretendo reinventar el cosmos, sólo jugar inocentemente a ser Dios.
Ya lo sé. Pero eso no evita que yo, en ciertas ocasiones y casi sin querer, antes del sueño, en ocasiones durante él, imagine que en un lugar más allá del espacio, en un universo paralelo o imperceptible, otro yo, igual pero diferente, se encuentra, en este momento, viviendo una vida, en este momento o más allá del tiempo, una vida que, sin duda, será mejor que la mía.
Siento por ello un leve, aunque insuficiente, consuelo."
Carta del dr. William J. Hules, físico y poeta, encontrada sobre su mesa de trabajo y fechada en 1977, sin más indicaciones, antes de su repentina y, por el momento, definitiva desaparición.
Ya sé que cada partícula de materia es irrepetible, que no existen dos átomos iguales, que el universo es tan eterno y sus moléculas tan cuantiosas que las probabilidades de reproducir dos seres en puntos distantes son tan ínfimas que se consideran despreciables. No pretendo reinventar el cosmos, sólo jugar inocentemente a ser Dios.
Ya lo sé. Pero eso no evita que yo, en ciertas ocasiones y casi sin querer, antes del sueño, en ocasiones durante él, imagine que en un lugar más allá del espacio, en un universo paralelo o imperceptible, otro yo, igual pero diferente, se encuentra, en este momento, viviendo una vida, en este momento o más allá del tiempo, una vida que, sin duda, será mejor que la mía.
Siento por ello un leve, aunque insuficiente, consuelo."
Carta del dr. William J. Hules, físico y poeta, encontrada sobre su mesa de trabajo y fechada en 1977, sin más indicaciones, antes de su repentina y, por el momento, definitiva desaparición.
jueves, 17 de agosto de 2006
Punto de no retorno
Todo va bien.
Se aproximaban al punto de no retorno, pero no había en absoluto motivos de alarma. En breves instantes ya no habría marcha atrás, cruzarían la línea invisible que separa los proyectos de las acciones.
Los controles se encontraban en orden, las condiciones climatológicas eran idóneas, los planes marchaban según lo previsto, no había razón alguna para sentirse inquieto.
Hasta que atravesaron el punto de no retorno, y los controles perdieron los estribos, y se desató una tormenta colosal, y a todos comenzó a dolerles la cabeza, desde muy dentro, desde dimensiones tan profundas como la sensación de inminente desastre, de que se encontraban irremisiblemente condenados y de que su avance era un avance hacia el vacío.
Miraron atrás, al punto de no retorno que se perdía en el horizonte, a sus espaldas, tan invisible como siempre.
Y algunos desearon no haber ido más allá de los proyectos. Las acciones tienen un problema tan simple como el de traer consecuencias.
En ocasiones, irreversibles.
Se aproximaban al punto de no retorno, pero no había en absoluto motivos de alarma. En breves instantes ya no habría marcha atrás, cruzarían la línea invisible que separa los proyectos de las acciones.
Los controles se encontraban en orden, las condiciones climatológicas eran idóneas, los planes marchaban según lo previsto, no había razón alguna para sentirse inquieto.
Hasta que atravesaron el punto de no retorno, y los controles perdieron los estribos, y se desató una tormenta colosal, y a todos comenzó a dolerles la cabeza, desde muy dentro, desde dimensiones tan profundas como la sensación de inminente desastre, de que se encontraban irremisiblemente condenados y de que su avance era un avance hacia el vacío.
Miraron atrás, al punto de no retorno que se perdía en el horizonte, a sus espaldas, tan invisible como siempre.
Y algunos desearon no haber ido más allá de los proyectos. Las acciones tienen un problema tan simple como el de traer consecuencias.
En ocasiones, irreversibles.
martes, 15 de agosto de 2006
Un giro más
El globo terráqueo no paraba de girar sobre su eje, como una peonza multicolor, impulsado por la mano que le había dado vida y observado por sus ojos con desmedido interés. No era la primera vez que decidía de esta forma la suerte de las vacaciones. Era bello, poético, una mezcla de aventura y desvarío que causaba una profunda excitación. Agarrar el globo, hacerlo girar como una ruleta y determinar, poniendo un dedo sobre su superficie a escala de la vida real y deteniendo el movimiento, el lugar donde transcurrirían sus próximos siete días.
Porque sí.
Porque no hay lugares inaccesibles, sólo personas incapaces.
Así había disfrutado el año anterior de las playas de Java, y el anterior de las selvas de El Salvador. ¿Qué punto tocaría este año con su índice selector? Pensaba en Chipre, en Tailandia, en Bolivia.
Cerró los ojos y contó hasta tres. El globo había detenido su camino, deteniendo con él el tiempo y las órbitas de los astros, y el dedo marcaba el lugar elegido como base del nuevo comienzo. Abrió los ojos y un surco de gris incertidumbre cruzó su rostro. Un punto indeterminado del Océano Glacial Ártico, a no menos de mil kilómetros de cualquier superficie terrestre.
Ese año tendría que recoger su traje de buzo, soportar la inmersión a temperaturas bajo cero y, si era posible, aprender a respirar bajo el agua. Una semana era demasiado tiempo para mantenerse flotando.
Tal vez pasara un buque ballenero.
Tal vez debería ir comprándose unas branquias...
Porque sí.
Porque no hay lugares inaccesibles, sólo personas incapaces.
Así había disfrutado el año anterior de las playas de Java, y el anterior de las selvas de El Salvador. ¿Qué punto tocaría este año con su índice selector? Pensaba en Chipre, en Tailandia, en Bolivia.
Cerró los ojos y contó hasta tres. El globo había detenido su camino, deteniendo con él el tiempo y las órbitas de los astros, y el dedo marcaba el lugar elegido como base del nuevo comienzo. Abrió los ojos y un surco de gris incertidumbre cruzó su rostro. Un punto indeterminado del Océano Glacial Ártico, a no menos de mil kilómetros de cualquier superficie terrestre.
Ese año tendría que recoger su traje de buzo, soportar la inmersión a temperaturas bajo cero y, si era posible, aprender a respirar bajo el agua. Una semana era demasiado tiempo para mantenerse flotando.
Tal vez pasara un buque ballenero.
Tal vez debería ir comprándose unas branquias...
domingo, 6 de agosto de 2006
Citius, altius, fortius
El afán de superación de la raza humana parece no tener límites. Pasarán miles de años y seguirá siendo un honor ostentar un record determinado, ya sea el de los cien metros lisos, el de horas de sueño consecutivas sin mover ni un solo miembro, o el de la creación de la paella más grande de la historia.
Batir un record es un motivo de orgullo para una persona, y de admiración para las demás. Y esto es así sencillamente porque todos hemos querido que así sea, porque si a nadie le importara cuántos metros cuadrados tenía la paella más grande del mundo el dato sería insignificante en sí mismo, absurdo, e incluso irrisorio.
¿Somos mejores que los habitantes del mundo de hace mil años? ¿Realmente sirven las marcas para afirmar que les hemos superado? Tiendo a pensar que los atletas del siglo pasado eran tan buenos como los de ahora, sólo que las marcas a batir eran menores, y el hombre corre tras ellas como un burro tras una zanahoria.
La motivación y el afán de superación son, en consecuencia, relativos.
La moral y la dignidad también.
Deberíamos poner tanto empeño en alcanzar las segundas como hacemos con las primeras.
En general, el afán de superación del hombre llega a límites tan absurdos como su afán de supervivencia.
Batir un record es un motivo de orgullo para una persona, y de admiración para las demás. Y esto es así sencillamente porque todos hemos querido que así sea, porque si a nadie le importara cuántos metros cuadrados tenía la paella más grande del mundo el dato sería insignificante en sí mismo, absurdo, e incluso irrisorio.
¿Somos mejores que los habitantes del mundo de hace mil años? ¿Realmente sirven las marcas para afirmar que les hemos superado? Tiendo a pensar que los atletas del siglo pasado eran tan buenos como los de ahora, sólo que las marcas a batir eran menores, y el hombre corre tras ellas como un burro tras una zanahoria.
La motivación y el afán de superación son, en consecuencia, relativos.
La moral y la dignidad también.
Deberíamos poner tanto empeño en alcanzar las segundas como hacemos con las primeras.
En general, el afán de superación del hombre llega a límites tan absurdos como su afán de supervivencia.
jueves, 3 de agosto de 2006
No me gusta lo que veo
Y no importa hacia dónde dirija mi mirada. Como no me gusta lo que veo, he decidido arrancarme los ojos.
Ahí están, sobre la mesa, los imagino como dos canicas, pulidas y brillantes, y jugaría una partida con ellas si no fuera porque he renunciado voluntariamente al don de la vista.
No es este, no obstante, mi mayor problema, pues mis ojos, ahora que se han liberado de mí, se comportan como dos entes independientes, ajenos a su dueño legítimo, y ruedan por la habitación de forma alocada, incontrolables, entregados a una danza infernal cuyo sentido último no puedo llegar a comprender.
Se abalanzan sobre mí y me golpean las carnes. Que te golpee uno de tus ojos debe producir un dolor similar al que producen las lapidaciones, o peor, pues te golpea una parte de ti. Algo así como si la primera piedra la lanzase tu propio hijo.
No es que me arrepienta de habérmelos arrancado, no. Ahora ya no veo. Aunque tengo que reconocer que, entre tantos golpes, arañazos y agresiones en general, puedo afirmar sin faltar a la verdad que no me gusta lo que siento, en absoluto.
Acabé con el sentido de la vista, y ahora necesito acabar con el del tacto. Me arrancaría la piel a tiras, tampoco sería tan difícil.
Sólo temo que también mi piel, una vez liberada, se lance contra mí...
Ahí están, sobre la mesa, los imagino como dos canicas, pulidas y brillantes, y jugaría una partida con ellas si no fuera porque he renunciado voluntariamente al don de la vista.
No es este, no obstante, mi mayor problema, pues mis ojos, ahora que se han liberado de mí, se comportan como dos entes independientes, ajenos a su dueño legítimo, y ruedan por la habitación de forma alocada, incontrolables, entregados a una danza infernal cuyo sentido último no puedo llegar a comprender.
Se abalanzan sobre mí y me golpean las carnes. Que te golpee uno de tus ojos debe producir un dolor similar al que producen las lapidaciones, o peor, pues te golpea una parte de ti. Algo así como si la primera piedra la lanzase tu propio hijo.
No es que me arrepienta de habérmelos arrancado, no. Ahora ya no veo. Aunque tengo que reconocer que, entre tantos golpes, arañazos y agresiones en general, puedo afirmar sin faltar a la verdad que no me gusta lo que siento, en absoluto.
Acabé con el sentido de la vista, y ahora necesito acabar con el del tacto. Me arrancaría la piel a tiras, tampoco sería tan difícil.
Sólo temo que también mi piel, una vez liberada, se lance contra mí...