domingo, 28 de enero de 2007

Y bailaré sobre tu tumba

Pues no sé, en el fondo creo que me daría igual que bailasen sobre mi tumba. De hecho, no estoy seguro de querer tener una tumba, al final queda abandonada, y las visitas se reducen al tiempo que tus huesos se van convirtiendo en polvo. Después de cinco años, o diez, o veinte, o cien, ya nadie te recuerda, quieras o no.
¿Cuántos individuos anónimos han pasado por este mundo? Da miedo calcularlo, pero seguro que la mayoría de ellos pretendían ser recordados.
La única razón por la que me gustaría tener una tumba es para quedarme encerrado dentro al estilo de los cuentos sobre narcolépticos de Poe. Tiene que ser divertido, despertar en tu ataúd, arregladito y maquillado, y saberte un par de metros bajo tierra, o tras un muro de ladrillo. Debe de ser algo así como vivir en un loft de estos urbanos de última generación.
Y que vengan a visitarme creyéndome muerto, y yo gritando como un histérico al otro lado, exhalando el grito de los condenados...

sábado, 20 de enero de 2007

El sentido de la vida

- ¿Sabes qué? He desvelado el sentido de la vida -me dijo. Sonrió y aspiro con parsimonia de su cigarro buscando el efecto adecuado de pausa dramática.
En la cafetería reinaba una tranquilidad aterradora. El camarero pasaba el trapo por una superficie ya limpia, un tipo gordo leía el diario mientras fumaba un puro recostado en la mesa de la esquina, una pareja jugueteaba con las cucharillas de un par de cortados que habían consumido hacía ya rato. Ni siquiera hablaban entre sí. De fondo, una música insulsa y, afortunadamente, casi inaudible debido a la escasa calidad del equipo de sonido.
- Bien, ¿y cuál es, entonces, el sentido de la vida?
Arrancó una de las servilletas embutidas en el servilletero promocional que adornaba nuestra mesita como un centro de flores y extrajo un bolígrafo de su cartera. Escribió algo sobre su superficie de fino papel y me la pasó.
Me pregunté cuantas verdades trascendentales se habrían escrito a lo largo de la historia en servilletas de papel. Pensé en el camarero, en el tipo del puro, en la aburrida pareja, y me pregunté qué dirían si alguien les explicara el sentido de la vida. Me sentí mal por ellos, incluso por mí. Debe de ser realmente triste conocer el sentido de algo que siempre has creído que no lo tenía.
Saqué el mechero, encendí un cigarrillo, acerqué la llama al papel y observé como este se consumía en el interior del cenicero.
Aspiré una calada y sonreí a mi compañero. Él me devolvió la sonrisa y asintió, comprensivo.

lunes, 15 de enero de 2007

La visión de vuestras almas

Me encontraba yo tranquilamente dedicando mi tiempo a la vida contemplativa cuando oí un ruido a mi espalda. Me giré y fue entonces cuando fui partícipe de la visión del infierno. Un ángel con voz tronante se ofreció a llevarme a través de él. Las plumas de sus alas ardían en llamas que alcanzaban varios metros de altura y la luz que desprendía era intensa, punzante, dolorosa. Aparté de él la vista y la dirigí a mi alrededor, encontrándome en lo que me pareció una inmensa llanura oscura y tenebrosa. Sobre mí no observaba ni sol, ni luna, tan sólo una densa neblina que cubría el cielo como una mortaja.
Seguí al ángel guiándome por su claridad como por una antorcha. A lo lejos se oían gritos desgarrados de desesperación. En algunos de ellos creí reconocer las voces de ciertos conocidos, aunque achaqué la coincidencia a la tensión del momento y no le di más importancia. Un vaho candente procedente de algún lugar bajo mis pies calentaba el ambiente hasta hacerlo sofocante.
Pregunté al ángel si mi destino era permanecer allí para toda la eternidad. Se rio.
Yo también.
Desde luego, había estado en sitios peores. Podría aconstumbrarme, con el tiempo.
Y tiempo era precisamente lo que allí me sobraba.

lunes, 8 de enero de 2007

Universos coralinos

Se sumergió hasta rozarlos levemente con sus dedos. Montañas de coral, acumulado en valles, ascendiendo por las escarpadas rocas del pie del acantilado, toda una orografía de luces y matices cromáticos.
A su alrededor nadaba una infinidad de peces multicolor. Le observaban con atención y cierta extrañeza, y se retorcían en escorzos como ofrenda de bienvenida. Sus frágiles escamas reflejaban, como estrellas titilantes, los rayos del sol que, atrevidos, cruzaban la superficie marina y su aproximaban a ellos.
Deseó permanecer en aquel entorno eternamente. Vio un pequeño cangrejo deslizarse ágilmente por una estrecha grieta, y decidió acercarse a conversar con él.
Apenas se dio cuenta de que necesitaba respirar. A medida que el oxígeno comenzaba a faltarle y una paz extática se apoderaba de él, a medida que notaba como sus pulmones se llenaban de agua y la vida se le extinguía, levantó la mano. También lo hizo el cangrejo, para devolverle el saludo.