viernes, 27 de abril de 2007

Inflación

Al principio es una simple lengua inflada, un percance sin importancia. Si continúa la hinchazón, es la facultad del habla, tan sutil y tan delicada, la primera en notarlo. Al principio son imposibilidades simpáticas, las linguodentales suenan a chiste y las sibilantes se espesan.
Te empiezas a preocupar cuando tus capacidades lingüísticas quedan reducidas a un balbuceo irracional.
Luego se comienzan a obstruir las vías respiratorias. La lengua, hinchada como la de la una vaca, impide el paso del aire. La pinchas con agujas, como si fuera un globo lleno de aire que tras explosionar volviera a su tamaño original, pero no sucede nada de eso, en su lugar surge sangre. La hinchazón no disminuye y el sabor del líquido vital en la garganta te hace recordar a los moribundos de las películas de cine.
Dirías unas últimas palabras, pero esa maldita lengua kilométrica no muestra piedad alguna.
Cuando el aire deja de llegar al cerebro, todo se funde en negro, todo se apaga, incluida la hinchazón...

lunes, 23 de abril de 2007

El castillo

"Mira ahí, ¿qué ves? ¿Y ahí?" "Árboles". En efecto, un sinfín de árboles de troncos larguísimos se extendían hasta donde alcanzaba la vista, a ambos lados del sendero, colina arriba y colina abajo.
"Bien, pues piensa que detrás de cada árbol se esconde un duende, al acecho, dispuesto a atacarnos. Uno detrás de cada árbol, o dos, o tres, si han decidido subirse unos sobre los hombros de otros. El lugar, desde luego, es idóneo para una emboscada. Imagínatelos, corriendo todos hacia ti, cientos, miles, profiriendo gritos de guerra".
"¿Qué podemos hacer? Pidamos refugio en aquel castillo".
El castillo se sostenía en inverosímil equilibrio sobre un afilado risco. Llamaron a la puerta, y sus hojas sonaron como los tambores del infierno, frías, profundas. Nadié acudió a abrirles, aunque hubieran jurado percibir un rostro escrutador, unas cortinas en movimiento.
De la colina comenzaban a surgir voces.

miércoles, 18 de abril de 2007

¿Eh?

El tipo era realmente extraño, pero extraño de verdad. Cada vez que yo hacía un comentario, respondía: "¿eh?" y callaba. Llegué a tomarlo como una afirmación más que como una interrogación.
Considero que mirar a la gente a los ojos cuando se habla con ella es una virtud de la que, efectivamente, carezco. Nunca lo agradecí tanto, en cualquier caso, como en aquella ocasión, pues cada vez que mi mirada furtiva y migratoria se detenía en el rostro de mi interlocutor este se encontraba haciendo muecas y guiñando los ojos compulsivamente, a modo de tic, como aderezo a sus silencios.
El caso es que hablamos durante horas, no sé si porque soy tan extraño como él o, simplemente, porque me gusta que me den la razón. Al final nos despedimos, ni siquiera me quedó muy claro si el tipo era real o era un androide, o una máquina de palomitas. Cuando le dije adiós, él respondió: "¿eh?".

domingo, 15 de abril de 2007

El duelo

"Tu ofensa es imperdonable", me dijo. "Te reto a duelo". Entonces me dio un guantazo, pero no un guantazo normal, de los de mano abierta, sino un guantazo con el delicado guante de franela blanca del que se había despojado para la ocasión.
Y yo, tan pacífico, comprendí perfectamente las razones que llevaban a la gente de alcurnia a retarse en duelo por las ofensas más estúpidas e insignificantes. Es tanta la rabia que produce el guantazo, tan ingrato el tacto de la tela en las mejillas, que el perdón verbal deja de ser una opción.
"Elige arma", dijo. Y por encima de las pistolas o de los floretes seleccioné el arma más dolorosa. "Un duelo a guantazos", dije. "A muerte". "Mañana al amanecer, en el bosque, con padrinos, por supuesto". Y salí corriendo a buscar a mi padrino, y a buscar unos guantes. De boxeo, claro.

jueves, 12 de abril de 2007

De viaje por el Sistema Solar

No está tan mal, esto de viajar por el Sistema Solar. Hace sol, desde luego, pero eso parece algo consustancial al lugar en sí. En cualquier caso, a medida que te acercas a Plutón la intensidad de los rayos es menor.
Trato de figurarme que todo el camino tiene un paisaje lunar. Sí, en realidad es como la Luna, sólo que más verde, con más bosques y oxígeno, y con modestos surtidores de agua que colocan, hábilmente, cada tantos kilómetros.
Los selenitas, además, son afables. Algunos, incluso, saludan en su jerga indescifrable: "Grüezi!", dicen, y yo les respondo con la misma palabra. Parece que me entienden.
Se me ha rasgado mi mochila mágica y amenaza con tornarse inservible. He tenido que hacer un apaño con unas zarzas trepadoras, flexibles pero resistentes, que he encontrado a la altura de Urano. Fui a Pluton y ya estoy de vuelta. En el horizonte me espera el Sol.

domingo, 8 de abril de 2007

Tao

Una inmensa y desierta explanada, yerma y seca, desprovista de cualquier atisbo de vida más allá del que pudiera proporcionar el caminante que buscaba en el horizonte, sin encontrarlo, algo distinto de una línea horizontal fría e infinita.
Tal vez si las fuerzas no estuvieran ya comenzando a decaer, si sus sandalias no se estuvieran deshaciendo en pedazos, si sus pies no gimieran de dolor cada vez con mayor patetismo... pero el horizonte impasible continuaba a la misma distancia.
Y el viajero, que no tenía consejero a quien confesar sus cuitas, que carecía de almohada con la que consultar sus dudas, cerró los ojos, apretó los dientes, dio un paso adelante, y luego otro, y a quién le importaba no llegar a ningún sitio si el camino recorrido había sido lo suficientemente largo como para sentirse orgulloso de él.
El mundo era un desierto tan vasto que buscar una chispa de vida era mérito suficiente, y encontrarla un auténtico milagro.

domingo, 1 de abril de 2007

Lluvia metálica

Ya fue una sorpresa que cayera granizo, o que nevara en el pueblo por primera vez desde que todos teníamos memoria. Pero la gran diversión se produjo cuando comenzaron a llover batracios que invadieron nuestras calles, llenando a rebosar los parterres y haciendo imposible la circulación. Luego comenzaron a caer chuzos de punta. Caían a velocidad de vértigo, tenían alrededor de un metro de longitud y la punta de hierro que los coronaba se clavaba como arrojada por una fuerza titánica.
Destrozaron coches, carreteras, quebraron tejados y árboles. Era conmovedor verlos caer a través de la ventana. El fenómeno duraba ya tanto tiempo que las afiladas puntas poblaban las superficies como un felpudo. Las palomas, incapaces de posarse sobre la puntiaguda orografía, volaban confusas, con sus alas mojadas, hasta caer exhaustas sobre el lecho de fakir en el que se habían convertido las calles.
Un día salí, no recuerdo muy bien por qué razón. Una necesidad menor, en cualquier caso. Uno de los chuzos se clavó en mi cráneo. La sangre que manaba sobre mi frente me tapaba los ojos y velaba la realidad con un rojo intenso. Cuando me quise dar cuenta, mis pies se habían clavado al suelo, taladrados. Fue entonces cuando perdí la consciencia...