sábado, 29 de diciembre de 2007

Como quien desprecia un tesoro

Cuando le conocí me contó que llevaba buscando el sentido de la vida desde hacía ya años. Desde que era un niño. Bueno, en realidad había buscado el sentido de la vida hasta llegar a cierta edad: "Un día te levantas y ya no tratas de buscarle el sentido a la vida, sino de buscarle sentido a la muerte, ya no se trata de ver qué tienes que hacer con el tiempo que te queda por vivir, sino tratar de comprender por qué te vas a morir".
Decía que hubo una época en la estuvo tratando de conocer su destino, aunque también de eso desistió: "Cuando encontré lo que se suponía que era mi destino lo percibí ajeno, extraño, ese no era mi destino, yo no lo había vivido, parecía el destino de otra persona, y lo desprecié con la soberbia de quien desprecia un tesoro".
También decía que siempre había pensado que moriría joven, a edades tan tempranas que hacía ya una eternidad que las había superado. Afirmaba que ya había dejado de ponerle topes a su vida, que ninguno se cumplía: "Ahora las tornas han cambiado, ¿sabes?, y estoy convencido de que, si sobrevivo a mi siguiente cumpleaños, sobreviviré a todos los demás y viviré para siempre".
Ese cumpleaños ya pasó, desde luego. Hace tiempo, no obstante, que le he perdido la pista. Puede que muriera antes del día señalado, tal vez cuando se disponía a soplar las velitas de su tarta, pero también puede que no, y que ahora sea inmortal...

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Miles de villancicos resuenan en mis oídos

Todos a la vez en un estruendo sin igual. Voces de niños como coros salidos del infierno que con voces agudas tratan de trepanar los tímpanos, zambombas barrocas como instrumentos de tortura, botellas de anís del mono como entrechocar de cacerolas.
Yo grito, y mis gritos parecen unirse a los de los cantores para darle más forma, si cabe, a la odiosa polifonía. Por un momento pienso que todos sufren como yo, que no son niños cantores sino víctimas de un plan retorcido en el que los lamentos de los condenados se reutilizan y resuenan en CDs reproducibles, pero entonces, ¿por qué todos sonríen? ¿Por qué todos parecen ser felices?
En realidad nada ha cambiado, las torturas son el mismo perro con distinto collar, y esa última pregunta sería válida para cualquier otro momento del año...

sábado, 22 de diciembre de 2007

El agujero

No se lo digáis a nadie, pero estoy cavando un agujero en mi jardín.
Todo empezó como por casualidad, alcancé una pala y sin saber muy bien por qué fui al jardín y comencé a cavar. Es un trabajo duro, pero satisfactorio. A las pocas horas el agujero ya tenía unas dimensiones considerables.
Me surgió entonces el problema de la utilización de la tierra extraída. Ante la falta de soluciones definitivas, opté por lo más sencillo, haciendo con ella un montoncito a un lado de mi agujero, junto a la caseta del perro.
Ahora han pasado ya varias semanas, y el agujero debe tener ya varios metros de profundidad. Kilómetros, quizá. He pensado en visitar el centro de la tierra, dicen que es caluroso pero yo, que me voy acercando a él un poco más cada día, no he notado aún la menor sensación de sofoco. Y si el centro de la tierra es aburrido, puedo continuar y aparecer en Nueva Zelanda.
Siempre quise visitar Nueva Zelanda, no sé por qué. Hay sitios que sólo visitarías para poder decir que has estado allí, ¿verdad?
En cuanto al montoncito de tierra junto a mi agujero, ahora es una montaña altísima, y a sus pies, en mi jardín, se citan cada mañana montañeros y alpinistas de todas partes del mundo.
Ellos suben, y yo bajo.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Desconexión

He perdido la conexión con la nave nodriza y ahora me encuentro aislado, ajeno, flotando en algún tipo de ambiente etéreo, una especie de inmersión en el espacio que no sé cómo abandonar.
A lo lejos distingo formas, y luces multicolor que danzan seductoras, pero están tan lejos y parecen estar constituidas de materia tan sutil...
Giro sobre mí mismo tratando de encontrar la nave nodriza. Miro a mi espalda, y bajo mis pies, pero sólo encuentro el espacio infinito y una confusa multiplicidad de dimensiones.
¿Podré algún día volver a conectar? Sinceramente, dudo que en la nave nodriza continúen buscándome, si coincido con ellos de nuevo será por uno de esos veleidosos caprichos del azar...

martes, 11 de diciembre de 2007

Castillos y más castillos

Comenzó construyendo castillos de naipes. Era divertido construirlos, pero eran, al mismo tiempo, efímeros, y cualquier leve movimiento, o cualquier soplo de aire, los derrumbaba inexorablemente.
Luego probó a construir castillos en el aire. Eran bellos, impresionantes allá, sobre las nubes, pero eran también irreales, y se desvanecían en una neblina ambigua y difusa.
También realizó castillos de arena, poblados de almenas y torres, de puestos de vigilancia y fosos que los protegían de todo menos de las inclementes olas del mar que, más tarde o más temprano, los cubrían y los reducían a cenizas.
Entonces decidió que nunca más. Que construiría un castillo enorme, en la cima de un cerro inexpugnable, con la piedra más dura, los torres más elevadas y el foso más profundo que se hubiera podido imaginar. Allí estaría en verdad seguro.
Eso pensó. Y cierto es que aquel castilló destacó en el horizonte durante años. Pero el tiempo pasó y la inmensa construcción terminó por ser un castillo en ruinas, no mucho mayor que los castillos de naipes, ni mucho más bello que los castillos en el aire, ni mucho más poderoso que un simple castillo de arena.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Diálogos de los muertos

Lo peor de que te entierren vivo es la asfixia. Y la claustrofobia. Tumbado boca arriba, con paredes acolchadas varios centímetros a tu izquierda y a tu derecha, una oscuridad total y un techo tan bajo que ni tan siquiera te permite levantar el brazo.
Cuando pasan varias horas y sigues respirando, sin embargo, empiezas a pensar que hay una fuga de aire. Entonces la claustrofobia y el miedo comienzan a extinguirse y oyes voces, las voces de otros enterrados vivos en tu proximidad. Y hablas con ellos porque no hay nada mejor que hacer.
Y dicen cosas interesantes. Te cuentan sus historias, sus alegrías, sus angustias. Supongo que cuando uno ha sido enterrado vivo tiene más tiempo para pensar, y por supuesto tiene cosas que decir.
Tratas entonces de aprender de los demás, aunque sepas que no te queda demasiado para morir de hambre. Estar enterrado vivo debe ser tan humillante que te muestras humilde, y reniegas del mundo de los vivos, ese que te ha expulsado de su seno antes de tiempo.
Cuando pasan varias semanas y sigues ahí, empiezas a pensar que quizá no estes vivo. Que nunca lo estuviste. Los que están a tu alrededor cuentan historias de siglos pasados, y algunos empiezan a comprender los mecanismos de la vida y la muerte, y hay quien predice con asombrosa precisión el mundo futuro.
Y llega un día en el que lo ves claro, te acomodas en tu ataúd y te preparas para hablar, y hablar, y pensar, y pensar, durante toda la eternidad...