Siempre me he visto a mí mismo desmayándome delante de una tumba. Yo estaba solo, solo llegaba ante la lápida apoyada en el suelo y en la que había sido escrito un epitafio para alguien que me era desconocido, solo me quedaba observando el interior del nicho vacío, hueco, construido en ladrillo y yeso.
Siempre me veo pensando que una tumba podría ser algo más hermoso, mármol blanco de Carrara, o bronce, o parqué, yo qué sé, mucho ataúd decorativo para al final acabar en un agujero tapiado de forma chapucera.
Entonces pierdo el conocimiento, el mundo da vueltas por unos instantes y siento un ligero mareo. Cierro los ojos y ya sólo noto el golpe de mi cabeza contra el suelo.
Luego ya no recuerdo si abro los ojos o los dejo cerrados para siempre. Mis fantasías no llegan tan lejos. Si los abro, lo que veo es total y absoluta, opresiva oscuridad. Si no los abro, a nadie le importa, y a mí menos que a nadie.
jueves, 31 de enero de 2008
sábado, 26 de enero de 2008
Tacirupeca jarro y el bolo rofez
- Abuelita, abuelita, qué ojos más grandes tienes...
- Son para verte mejor, querida niña...
...
- Abuelita, abuelita, qué orejas más largas tienes...
- Son para oírte mejor, pequeña...
...
- Abuelita, abuelita, qué dientes tan largos y afilados...
- ¡Son para comerte mejor!
Y entonces el lobo se despojó de su disfraz e hincó sus colmillos sobre la carne fresca y blanda de la niña, y de ella empezaron a manar chorros de tibia sangre. Ella, sorprendida en un principio, trató de debatirse con fuerza, pero el lobo arrancó de un mordisco la manita que trataba de apartarlo, acabando con cualquier intento de resistencia mediante un oportuno bocado al cuello. Entonces comenzó el festín, trozos de carne desgarrada, miembros inertes y sanguinolentos, todavía latentes, el rostro de la víctima ya desfigurado por una máscara de sangre y horror.
Y la abuela, encerrada en el armario, observaba a través de la mirilla cómo el cadáver de su nieta era pasto de las fieras. Ella sería la siguiente...
Cuando llegó el cazador, ya era demasiado tarde.
- Son para verte mejor, querida niña...
...
- Abuelita, abuelita, qué orejas más largas tienes...
- Son para oírte mejor, pequeña...
...
- Abuelita, abuelita, qué dientes tan largos y afilados...
- ¡Son para comerte mejor!
Y entonces el lobo se despojó de su disfraz e hincó sus colmillos sobre la carne fresca y blanda de la niña, y de ella empezaron a manar chorros de tibia sangre. Ella, sorprendida en un principio, trató de debatirse con fuerza, pero el lobo arrancó de un mordisco la manita que trataba de apartarlo, acabando con cualquier intento de resistencia mediante un oportuno bocado al cuello. Entonces comenzó el festín, trozos de carne desgarrada, miembros inertes y sanguinolentos, todavía latentes, el rostro de la víctima ya desfigurado por una máscara de sangre y horror.
Y la abuela, encerrada en el armario, observaba a través de la mirilla cómo el cadáver de su nieta era pasto de las fieras. Ella sería la siguiente...
Cuando llegó el cazador, ya era demasiado tarde.
lunes, 21 de enero de 2008
El final de la música
Me empieza a preocupar un problema que atrajo a los pensadores durante siglos y que el mundo había olvidado en estos últimos años. El de la finitud de la literatura y de la música.
Piensen qué es una lengua, si quieren basándose en definiciones al estilo de Saussure: una lengua es un sistema de combinaciones y conmutación de sonidos cargados de significado. Genial. El problema es que estos sonidos, como los signos a través de los cuales se simbolizan, son finitos. Veinte, treinta en las lenguas de escritura alfabética, quizás más en las de escritura figurativa. Qué más da. El caso es que un número finito de elementos mostrará un número igualmente finito de combinaciones. De modo que llegará un día en el que todas las combinaciones posibles ya habrán sido utilizadas, de modo que todo lo que podría ser dicho en una lengua ya habrá sido dicho, y acabarán, pues, la originalidad y la posibilidad de creación.
Algo parecido ocurre con la música, sucesión de sonidos, ordenados en tonos y notas, elementos finitos. Se yergue, pues, como una profecía, el siguiente pensamiento: "Llegará el día en el que todas las combinaciones armónicas de sonidos, toda la música, ya habrá sido inventada".
¿Cuándo llegará ese día? ¿Habrá llegado ya? Observando que la gente cada vez dice menos cosas interesantes y originales y que la música cada vez es más pobre y parecida a sí misma, uno tiende a pensar que sí...
Piensen qué es una lengua, si quieren basándose en definiciones al estilo de Saussure: una lengua es un sistema de combinaciones y conmutación de sonidos cargados de significado. Genial. El problema es que estos sonidos, como los signos a través de los cuales se simbolizan, son finitos. Veinte, treinta en las lenguas de escritura alfabética, quizás más en las de escritura figurativa. Qué más da. El caso es que un número finito de elementos mostrará un número igualmente finito de combinaciones. De modo que llegará un día en el que todas las combinaciones posibles ya habrán sido utilizadas, de modo que todo lo que podría ser dicho en una lengua ya habrá sido dicho, y acabarán, pues, la originalidad y la posibilidad de creación.
Algo parecido ocurre con la música, sucesión de sonidos, ordenados en tonos y notas, elementos finitos. Se yergue, pues, como una profecía, el siguiente pensamiento: "Llegará el día en el que todas las combinaciones armónicas de sonidos, toda la música, ya habrá sido inventada".
¿Cuándo llegará ese día? ¿Habrá llegado ya? Observando que la gente cada vez dice menos cosas interesantes y originales y que la música cada vez es más pobre y parecida a sí misma, uno tiende a pensar que sí...
miércoles, 16 de enero de 2008
Soy el diablo en persona
Uno no puede dejar de sonreír al pensar en la enorme cantidad de investigadores, de iluminados, de sabios, de trastornados, de ignorantes o de desequilibrados que han buscado encontrarse con el diablo a lo largo de la historia con la finalidad más diversa, desde acabar con él a entregarse a su causa, desde plantearle cuestiones metafísicas a simplemente charlar alrededor de unos cafés.
Miles de vidas buscando la forma de invocar al diablo para que luego el diablo aparezca como, y cuando, le dé la gana. Que por algo es el diablo, que ya se preocupó suficientemente por nosotros cuando nos libró de la estupidez haciéndonos tomar del árbol de la ciencia. ¿Que de vez en cuando requiere el alma de algún inocente? Poco precio me parece para lo que su mera figura simboliza.
Y lo más divertido es que estoy convencido de que el diablo convive con nosotros, de que quizá está más cerca de lo que pensamos, de que es posible que cada día le saludemos en el trabajo, o le compremos el pan, o nos arregle las tuberías.
No me importaría que alguna vez revelara su identidad. "Soy el diablo en persona". "Encantado, ¿qué te trae por aquí?"
Miles de vidas buscando la forma de invocar al diablo para que luego el diablo aparezca como, y cuando, le dé la gana. Que por algo es el diablo, que ya se preocupó suficientemente por nosotros cuando nos libró de la estupidez haciéndonos tomar del árbol de la ciencia. ¿Que de vez en cuando requiere el alma de algún inocente? Poco precio me parece para lo que su mera figura simboliza.
Y lo más divertido es que estoy convencido de que el diablo convive con nosotros, de que quizá está más cerca de lo que pensamos, de que es posible que cada día le saludemos en el trabajo, o le compremos el pan, o nos arregle las tuberías.
No me importaría que alguna vez revelara su identidad. "Soy el diablo en persona". "Encantado, ¿qué te trae por aquí?"
domingo, 13 de enero de 2008
Cuando supo que podía detener el tiempo
Cuando supo que podía detener el tiempo no le dio mayor importancia. En realidad, tampoco se trataba de una facultad tan espectacular. Pensó que detener el tiempo consistía en convertir el mundo en una maqueta a tamaño natural en la que todos permanecieran inamovibles, como estatuas de cera. Pero no. Los demás continuaban con su labor, el tiempo no pasaba y ellos ni siquiera se daban cuenta. Tan sólo después, cuando el tiempo volvía a rodar, tenían la vaga sensación de haber hecho muchas cosas en poco tiempo, y eso les alegraba.
Él aprovechaba para pasear, para hacer recados. Nunca los días fueron tan largos, ni tan provechosos. Ni siquiera se sintió especial por ello.
Tampoco se sintió distinto al resto cuando se dio cuenta de que sabía volar, de que levitaba con el único poder de su mente. Detenía el tiempo y se desplazaba volando de un lugar a otro, viajó a todas partes del mundo y ni siquiera le echaron de menos, pues siempre estaba en casa a la hora de la cena.
Sin embargo, cuando comprobó que podía viajar también en el tiempo, visitar el pasado e incluso el futuro, empezó a pensar que, en realidad, era posible que tuviera un don, y que no era plan de malgastarlo en viajes de placer y ocios gratuitos...
Él aprovechaba para pasear, para hacer recados. Nunca los días fueron tan largos, ni tan provechosos. Ni siquiera se sintió especial por ello.
Tampoco se sintió distinto al resto cuando se dio cuenta de que sabía volar, de que levitaba con el único poder de su mente. Detenía el tiempo y se desplazaba volando de un lugar a otro, viajó a todas partes del mundo y ni siquiera le echaron de menos, pues siempre estaba en casa a la hora de la cena.
Sin embargo, cuando comprobó que podía viajar también en el tiempo, visitar el pasado e incluso el futuro, empezó a pensar que, en realidad, era posible que tuviera un don, y que no era plan de malgastarlo en viajes de placer y ocios gratuitos...
miércoles, 9 de enero de 2008
La ciudad que tosía
La ciudad tosía sin parar. Todos sus habitantes, desde el anciano que se sentaba cada mañana en el banco del parque hasta el ermitaño que habitaba al otro lado de la colina, se retorcían cada pocos segundos en toses compulsivas en una sinfonía discordante que amenazaba con sepultar la ciudad bajo una nube de vaho tóxico, de virus contagioso.
Pero es imposible volver a contagiar a un contagiado.
Esto pasará pronto, decían los más optimistas, ya pasó algo así hace 60 años, decían los más viejos del lugar, y tan solo el farmacéutico de la ciudad se retorcía las manos pensando en su propio beneficio. Y después tosía, él también.
Pero ni antibióticos, ni anticatarrales. Varias generaciones después ya nadie recordaba que en esa ciudad, que se había convertido en la ciudad de la tos, a la que acudían científicos y curiosos de todas partes del mundo para estudiar tan singular fenómeno, en esa ciudad donde todos, desde el nacimiento a los últimos estertores de la muerte, tosían sin parar, en esa ciudad hubo una época en la que la tos no era más que una alteración pasajera de la salud...
Pero es imposible volver a contagiar a un contagiado.
Esto pasará pronto, decían los más optimistas, ya pasó algo así hace 60 años, decían los más viejos del lugar, y tan solo el farmacéutico de la ciudad se retorcía las manos pensando en su propio beneficio. Y después tosía, él también.
Pero ni antibióticos, ni anticatarrales. Varias generaciones después ya nadie recordaba que en esa ciudad, que se había convertido en la ciudad de la tos, a la que acudían científicos y curiosos de todas partes del mundo para estudiar tan singular fenómeno, en esa ciudad donde todos, desde el nacimiento a los últimos estertores de la muerte, tosían sin parar, en esa ciudad hubo una época en la que la tos no era más que una alteración pasajera de la salud...
sábado, 5 de enero de 2008
La chispa en la oscuridad
Noche oscura, silenciosa, tan silenciosa que se diría que la oscuridad ha absorbido todo rastro de vida. Casi lo agradeces. El mundo parece muerto, más muerto aún cuando abres los ojos y tu alrededor está tan negro como el infinito, y no hay quien te moleste con sus voces y sus impertinencias.
Sientes que te observan, y no importa, de hecho llega a ti la sensación de que eres tú quien te observas a ti mismo, tú en algún lugar exterior, tú con una sonrisa de complacencia.
De repente se enciende una chispa, y todo cambia de forma repentina, mil hipótesis se apelotonan para entrar en tu mente, y esta se abre para recibirlas como una madre acogedora. Saltarías de alegría y gritarías de placer de no ser porque prefieres guardar silencio, sí, que todo siga en silencio, que reine la oscuridad para siempre.
Y que el mundo siga muerto.
Sientes que te observan, y no importa, de hecho llega a ti la sensación de que eres tú quien te observas a ti mismo, tú en algún lugar exterior, tú con una sonrisa de complacencia.
De repente se enciende una chispa, y todo cambia de forma repentina, mil hipótesis se apelotonan para entrar en tu mente, y esta se abre para recibirlas como una madre acogedora. Saltarías de alegría y gritarías de placer de no ser porque prefieres guardar silencio, sí, que todo siga en silencio, que reine la oscuridad para siempre.
Y que el mundo siga muerto.
miércoles, 2 de enero de 2008
El gabinete del Doctor Caligari
Uno de mis pacientes llegó el otro día contándome "una simpática pesadilla recurrente", como él mismo dio en llamarla. Una vez reconocida su naturaleza, he de afirmar que yo no la identificaría con una pesadilla, pues pese a su carácter retorcido y, en cierto modo, "antinatural", no provocaba en el paciente la menor sensación negativa, ni dolor, ni miedo, ni angustia. A decir verdad, ni siquiera podría calificarse, en propiedad, como un sueño, pues no se producía durante el período estricto de inconsciencia onírica, sino en el leve pero productivo espacio de tiempo previo a este y que podríamos llamar "duermevela".
Sucede que mi paciente, quizá debido a la relajación propia de los músculos anterior al sueño, se percibía víctima de un cruel asesino descuartizador, alguien desconocido que le troceaba mientras él yacía en la cama, con un hacha u otro instrumento cortante, siempre de abajo hacia arriba. Primero, los tobillos; luego las rodillas; luego, las piernas. La sensación era tan real que mi paciente podía incluso llegar a notar la sangre brotando a chorros de sus heridas y esparciéndose por las sábanas.
Y lo más curioso era que el hecho de ser descuartizado no provocaba en mi paciente temor alguno, ni dolor, más bien al contrario, una sensación de sosiego y placidez más propia del reposo en calma que del asesinato salvaje.
Me dijo mi paciente que quería acabar con aquel sueño desagradable. "¿Por qué?", le pregunté. "¿Acaso no me ha dicho que le reconforta?". Pero él insistió. Hay quien tiene miedo de su propia mente. Así que até a mi paciente al diván, me dirigí al armario y, haciendo caso omiso a lo que ahora se habían tornado llantos y súplicas, saqué de él el hacha que guardo para momentos como aquel. Siempre me encantó hacer realidad los sueños de mis pacientes...
Sucede que mi paciente, quizá debido a la relajación propia de los músculos anterior al sueño, se percibía víctima de un cruel asesino descuartizador, alguien desconocido que le troceaba mientras él yacía en la cama, con un hacha u otro instrumento cortante, siempre de abajo hacia arriba. Primero, los tobillos; luego las rodillas; luego, las piernas. La sensación era tan real que mi paciente podía incluso llegar a notar la sangre brotando a chorros de sus heridas y esparciéndose por las sábanas.
Y lo más curioso era que el hecho de ser descuartizado no provocaba en mi paciente temor alguno, ni dolor, más bien al contrario, una sensación de sosiego y placidez más propia del reposo en calma que del asesinato salvaje.
Me dijo mi paciente que quería acabar con aquel sueño desagradable. "¿Por qué?", le pregunté. "¿Acaso no me ha dicho que le reconforta?". Pero él insistió. Hay quien tiene miedo de su propia mente. Así que até a mi paciente al diván, me dirigí al armario y, haciendo caso omiso a lo que ahora se habían tornado llantos y súplicas, saqué de él el hacha que guardo para momentos como aquel. Siempre me encantó hacer realidad los sueños de mis pacientes...