sábado, 19 de julio de 2008

La parada de los monstruos

A mi alrededor viven centenares de monstruos. Puedo observarlos cada vez que miro a las esquinas de mi casa, cada vez que paseo tranquilamente por la calle. Son horribles, espectrales, algunos se acercan a mí y me dan empujones, o se me ponen delante y obstaculizan mi camino. Otros, simplemente, me observan y me ignoran. Esos deben de ser los monstruos buenos.
Sé que no puedo hacer nada para combatirlos, son tantos que tal acción carecería de sentido. Cuando me miro al espejo, se colocan tras de mí y se deshacen en burlas y muecas que veo reflejadas en el cristal.
En realidad, pienso que el mundo está repleto de monstruos, miles de millones de ellos, pero la gente normal no puede verlos, y, sinceramente, creo que esta carencia les convierte en afortunados. Así pueden culpar al viento, o a la mala suerte, o a otros seres humanos de sus desgracias.
Durante un tiempo pensé que los monstruos eran imaginaciones mías, pero ahora no lo creo. Quizá los imaginarios sean los seres humanos, quizá mi mente los crea para evitar que me sienta solo, para tener consuelo y compañía, para que no se apodere de mí la desesperación de saber que soy la víctima de un ejército de monstruos que sólo me tienen a mí como diversión y que, cuando se cansen, acabarán conmigo como quien aplasta una cucaracha...