lunes, 1 de septiembre de 2008

Arte revolucionario

Cuando le conocí estaba entusiasmado. Blandía en sus manos unas hojas de papel en las que aseguraba que había encontrado la esencia del arte, una nueva idea que revolucionaría el mundo, un nuevo concepto del arte con mayúsculas, novedoso y excitante. Cuando el mundo conociera su idea, decía, se entregaría a ella sin condiciones, tal era su poder de seducción, no en vano escribir aquellas hojas le había llevado toda una vida de pensamientos desechados, borrones y tachones, bolas de papel arrojadas a la papelera. Pero todo había valido la pena. Cambiaría el mundo, y la sensación que esto produce ha de ser indescriptible...
No volví a verle. En realidad sólo volví a oír hablar de él de pasada, mucho tiempo después. Me dijeron que había muerto. Por lo visto intentó vender su idea, anduvo de aquí para allá exponiéndola con la misma decisión con la que lo había hecho conmigo. Unos se rieron de él, otros le arrojaron lejos de su vista, otros simplemente prefirieron ignorarle. Murió tan insignificantemente como había vivido.
Me pregunto dónde estarán ahora aquellas hojas de papel...