lunes, 29 de septiembre de 2008

A vueltas con el fin de la historia

Pues ha sido una constante a lo largo de la historia, valga la paradoja, eso de encontrar pensadores y eruditos del tema que preveían, atisbaban y profetizaban un final de la historia, normalmente a plazo más bien corto.
Cada uno lo llamaba como quería, o como podía, que si la Nueva Edad Dorada, que si la Era de Acuario, que si la Parousía o el Nuevo Advenimiento, que si el fin de la sociedad de clases, que si el encuentro del hombre con el Espíritu, o con el Absoluto, o como sea, pero en el fondo todos deseaban lo mismo: que la historia cesase su transcurrir.
Supongo que algo tan impredecible como el devenir de los acontecimientos mundiales a gran escala termina por agobiar a las mentes racionales y científicas que disfrutan clasificando las conclusiones y analizándolas sabiendo que no van a pillarse los dedos.
De modo que todos los Hegel, los Marx, todos los religiosos judeocristianos desde los profetas veterotestamentarios hasta San Agustín o Bossuet, todos los apocalípticos de las guerras mundiales como Adorno y todos los optimistas del capitalismo liberal como el amigo Fukuyama han tropezado en la misma piedra, y el tiempo se ha encargado, se está encargando o parece que se encargará de tragárselos, a ellos y a sus teorías, y hacerlas quedar para la historia, como combustible de esa maquinaria que precisamente ellos trataron de detener.
Últimamente estoy intuyendo que el fin de la historia sólo tendrá lugar cuando bajen los extraterrestres de una vez, o cuando nos destruyamos entre nosotros. De lo contrario continuaremos languideciendo tristemente como especie, como civilización y, lo que es más triste, como individuos...