Cada vez soporto menos la luz del sol, su presencia indiscreta, su supuesta calidez que me quema la piel y deslumbra mis ojos, la mala educación de quien entra sin llamar creyéndose tan importante como para no pedir permiso.
Huiría de la luz y me encerraría en algún lugar cómodo y fresco, donde mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. La oscuridad es honesta, y los seres que habitan en ella son, por sistema, injustamente tratados por las imposiciones del mundo solar. No necesito para nada la ayuda ni la dependencia del astro rey, rey absoluto, soberbio y despreocupado. No quiero volver a verlo, ni encontrarme frente a él, y ahora sí que me gustaría ser inmortal, aunque sólo fuera para sobrevivirle y, cuando se encontrara a punto de la extinción, cuando su luz, ya tenue, no hiciera más que bañar en penumbra la tierra, saldría de mi cueva y me reiría a carcajadas señalándole con el dedo.
Son ya tantos, tantos eones de tiempo sometidos a sus caprichosos designios...
lunes, 27 de octubre de 2008