lunes, 13 de octubre de 2008

Transiberiano

No te hace falta abrir los ojos para saber que el cielo, allí ante ti, en algún lugar del infinito, se rompe en multitud de destellos de un rojo brillante, como rescoldos de un fuego que hubiera ardido durante toda la noche.
Nadie quiere saber de dónde vienes, a nadie le importa dónde vas. En realidad, sientes que te encuentras solo, tan solo, de hecho, como habías buscado sentirte. Y lo único que precisas, en este mundo tan frío, es acercarte al horizonte y calentar las palmas de tus manos en las brasas antes de que estas terminen de extinguirse.
Amenaza lluvia, aunque tampoco eso te inquieta demasiado. La lluvia nunca podrá apagar el sol...