Siempre tan dulces, tan lánguidos, tan melancólicamente siniestros. Creo que voy a empezar a clavarme agujas en los dedos, y seré una especie de Eduardo Manostijeras, encerrado en mi castillo y emergiendo de allí, de tanto en tanto, sólo para probar las amarguras de la vida entre humanos. O me arrancaré la cabeza y la llevaré siempre bajo el brazo, y cada mañana, nada más despertar, cepillaré mis dientes a conciencia y los limaré para tenerlos terroríficamente afilados, de modo que todos me tengan el miedo debido, y especialmente en las noches de Halloween, cuando coloque mi cabeza, cual calabaza, a las puertas de mi mansión para asustar a los niños tontos que vienen a pedir caramelos.
O no, mejor no, mejor cogeré esas agujas y me las clavaré en los ojos, y seré el niño acerico, tan blandito y sofisticado al mismo tiempo, uno de esos niños friquis bartonianos, como el niño carbón, negro y redondo a simple vista, pero que cuando se acaloraba se ponía rojo como una brasa y echaba humo por las ojeras. El muy bobo se enamoró cándidamente de la niña cerilla, y ella le correspondió durante un tiempo, hasta que tras un abrazo la cabeza de ella, repleta de fósforo, ardió al frotarse con las brasas de él...
lunes, 24 de noviembre de 2008